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viernes, 28 de diciembre de 2012

Semblanza de Marceleano Mejía: el decano de los decimeros cordobeses




Marceliano Mejía Carmona: Foto Carmen Humanez Blanquicett

Resumen

La décima es una de las manifestaciones culturales más importante del departamento de Córdoba. Este género de poesía popular, cuya larga tradición en el acervo de la cultura iberoamericana ha sido objeto de estudio por parte de folcloristas y lingüistas cubanos, españoles, mexicanos y venezolanos, es –en el caso de Colombia- uno de los hilos que unen la cultura del Caribe occidental colombiano al resto de la cultura Caribe. Sin embargo esta manifestación de la cultura popular, en la que convergen literatura, música y arte escénico, no ha sido suficientemente estudiada en el caso colombiano. Sobre la vida y la obra de los decimeros de la región, a pesar de ser personajes que ocupan un lugar importante en la actividad cultural de muchas aldeas y pequeñas ciudades de los departamentos de Atlántico, Bolívar, Sucre y Córdoba, sabemos muy poco. En este trabajo se reconstruye la historia personal de Marceliano Mejía Carmona, un juglar oriundo de San Andrés de Sotavento, quien era, al momento de la culminación de este escrito, el decimero de mayor edad entre los decimeros de Córdoba. Igualmente, se ha llevado a cabo una revisión bibliográfica, cuyo objeto es el de insertar la tradición decimera cordobesa dentro del universo de la tradición decimera del caribe, con el propósito de contextualizar la carrera artística de Marceliano Mejía Carmona dentro de este universo cultural.

Palabras claves: décima, caribe, Córdoba, Sucre, Bolívar, decimeros, cultura popular, Marceliano Mejía Carmona.

Introducción





Marceliano Mejía Carmona  : Video tomado de YouTube

Tendría yo cinco o seis años cuando tuve mi primer contacto con la décima. Una noche llegó mi padre borracho, en compañía del indio Agustín Pérez, uno de los jornaleros esporádicos que trabajaban en la finca de la familia. Como era tarde en la noche, estaba lloviendo y entre su casa y la nuestra había una espesa punta de monte,  Agustín Pérez se quedó a dormir en una hamaca en la sala. Mientras rumiaba su borrachera y se iba quedando dormido, el indio se puso a cantar una serie de versos pícaros, de los que solo recuerdo la siguiente estrofa:

Soy bonito sin peiná/
Soy sabroso sin condimento/
De to’o los bueno elementos/
Que tiene este mundo/
A mí no me jase f’ata n’a/
Soy ma velos que viento/
Y jasi me fa’te las patas/
Yo siempre podre corre y sa’ta/
Po’que a mí me pario mi mama/
Pa’que yo llegara lejo/
Me jestoy voviendo viejo/
Y todavía no sé a jonde voy a llega/

Si bien no he vuelto a oír ese verso en el repertorio de otro decimero: valga aclarar que Agustín Pérez bueno y sano nunca tuvo pretensiones de decimero, el estribillo no se me ha borrado nunca de la memoria. Todo lo contrario: frecuentemente lo encuentro flotando en la nube de recuerdos gratos, que guardo de mi infancia rural en medio de las colinas boscosas, que salpican el paisaje de las veredas del corregimiento de Loma Verde. Gracias a ese verso, que recito de vez en cuando para reírme de mí mismo o para hacer reír a los otros de mí, he terminado por tomar conciencia sobre los elementos – que a mi modo ver – componen la cultura vernácula de la región que comprende la banda occidental del Magdalena, entre el sur del Atlántico y el nordeste de Antioquia: particularmente los municipios de Caucasia, Nechí  y en menor grado El Bagre, hasta la zona nororiental del Urabá.



Acuarela que representa a un grupo de cantores populares, figuras tradicionales de las ciudades de América latina. Imagen tomada de "+" blogger


El objetivo principal de este artículo es el de perfilar una biografía breve de Marceliano Mejía Carmona. Con el fin de cumplir a cabalidad dicho propósito, nos hemos propuesto el objetivo de revisar, de manera general, la historia de la tradición decimera a lo largo y ancho del Caribe hispano. Esto con el objeto de desarrollar el principal objetivo específico de este trabajo: insertar la tradición decimera del Caribe colombiano dentro del universo de la décima en esta región del continente, con el fin de establecer el lugar que ocupa dentro de ese contexto la carrera artística de este cantor popular. A partir de esos objetivos buscamos dar respuesta a una serie de preguntas que nos hemos formulado en el marco de esta investigación:  ¿Qué lugar ha ocupado la décima dentro de las tradiciones culturales del Caribe hispano a lo largo de su historia y que lugar ha ocupado en las tradiciones culturales del Caribe colombiano? ¿Con qué otras manifestaciones culturales se ha asociado ella allí y cómo ha evolucionado esa relación? ¿En qué área del Caribe colombiano la décima hace parte de manera evidente del acervo de tradiciones culturales locales? ¿Qué tipo de público ha manifestado allí históricamente interés por esta expresión cultural? ¿Cuáles son las principales figuras de la décima en las Sabanas de Bolívar y el Sinú y qué tipo de décima han cultivado? ¿Quién es Marceleano Mejía Carmona?, ¿Cómo se hizo decimero?, ¿Cómo se ha desarrollado su carrera y cuál es su género de décima favorito? 

En el proceso de documentación de esta nota contactamos –a través de Facebook- a 15 personalidades vinculadas a la vida cultural y a la actividad informativa y docente en los departamentos de Córdoba y Sucre. De ellas nos respondieron seis: William Fortich, historiador, investigador y profesor universitario jubilado, Alfonso Ramon Hamburger Fernandez, periodista, escritor y cronista, Ricardo Olea Hernandez, folclorologo, Naudin García Petro, profesor, escritor y formador cultural, Jaime Montoya Coronado, periodista y Emil Perez, profesor universitario y artista. De las seis personas que respondieron, tres nos aportaron información que consideramos de utilidad. La biografía del decimero Marceliano Mejía, que aparece al final de la crónica, se construyó a partir de esos testimonios y de varias entrevistas, que nos concedió el decimero en los últimos 10 años. Aunque el asunto no tiene ninguna importancia, no está demás señalar que la casa del cantor, en el barrio El Dorado de Montería, colinda con la casa de mis padres por el ala sur. Ese accidente geográfico  me permitió de compartir con éste veterano juglar largas horas de conversación, en la puerta del ventorro de mi madre, durante el año y pico que fuimos vecinos.

Un viaje por el universo de la décima a lo largo y ancho del Caribe hispano

Maximiliano Trapero, profesor de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria, considera que la décima es algo más que “una estrofa específica de la métrica española”. En su parecer, esta manifestación literaria, más que “una serie de versos sin límite fijado, aunque sometidos a una métrica determinada”, (ese fue uno de los usos que se le dio a la palabra "estrofa" por parte de los decimeros antiguos), “es también una composición poética”, que “ha llegado a ser todo un género literario”. Para el profesor Trapero “la décima es un fenómeno cultural que ha sobrepasado los límites de la literatura”, lo cual hace de ella eso que los científicos de las ciencias humanas se han dado en llamar un «complejo cultural». Por eso sostiene el profesor Trapero que para explicar la décima y su historia se “requiere de todo un libro” (ulpgc).

En el prólogo del libro La décima: Su historia, su geografía, sus manifestaciones[i], el profesor Trapero afirma, no sin antes repasar a vuelo de pájaro la historia de la versificación hispana, que “desde el punto de vista meramente métrico, la décima es, junto al soneto y al romance, el metro más usado en la lengua española”. Si bien es cierto –afirma él- que “desde una perspectiva muy general, puede decirse que cada época, y hasta cada género poético, ha preferido un metro determinado”, también es cierto que estos tres tipos de estrofas han predominado a lo largo de la historia de la literatura hispana después de la Edad Media. El soneto ha privilegiado el verso endecasílabo, mientras que el romance y la décima han preferido el verso octosílabo.

Sobre el origen de la décima, el folclorista Antonio García de León  nos recuerda que ésta fue creada en Andalucía, España, a finales del siglo XI, por Vicente Espinel, el mismo hombre que le agregó la quinta cuerda a la guitarra y estableció la afinación definitiva de la bandola. Ese músico, según García de León, “inventó, en un arrebato de inspiración, la planta poética de la décima: joya de diez versos octosilábicos que desde entonces fue conocida como espinela”. Según el profesor Trapero, la espinela ha venido a convertirse en “la décima por antonomasia, sin que necesite de adjetivo alguno que la especifique”. Esto se debe según “Juan Pérez Guzmán, el primer biógrafo” de Espinel, a un hecho preciso: «la décima de Espinel constituye una composición tan perfecta como el soneto, sin sus pretensiones heroicas, por cuya razón ha sido siempre preferida a éste para expresar un pensamiento completo, aunque más sencillo que el que al soneto corresponde»

Sobre el paso de la décima a la América hispana, García de León sostiene que ésta se implantó en el continente a través del Caribe, aprovechando la intensificación de los intercambios de todo tipo, que se hacían entre España y el Nuevo Mundo. Desde su llegada, la décima se convirtió en un patrimonio de la cultura popular de Puerto Rico, Cuba, Venezuela, Colombia, República Dominicana y de la región de Vera Cruz en el Caribe Mexicano. En esos países de América, recalca García de León, la “poesía y tradición musical populares” le “deben mucho a esta andaluza universal” (tlaco).

El historiador William Fortich[ii] sostiene que en la América Española, ya fuera en Argentina, ya fuera en Chile o ya fuera México, “la décima constituyó durante la primera mitad del siglo XIX la prensa informativa”,  pues ésta representaba “no sólo para las personas instruidas sino muy particularmente,  para el pueblo” un medio informativo. En las pequeñas ciudades de la época, la gente se deleitaba escuchando “las noticias cantadas o declamadas por algún cancionero vendedor  de hojas sueltas, acompañándose con una guitarra o un arpa” o con su acordeón, tal como sucedió con el mito que ha dado pie a la leyenda vallenata, encarnada por Francisco el Hombre.

Lo acotado por Fortich concuerda con lo precisado por el profesor Trapero. Según Trapero, el paso de la décima de España a América indujo cambios profundos en el uso de ésta. En el nuevo mundo se fue abandonado paulatinamente su escritura hasta hacer de ella una manifestación fuertemente arraigada en la oralidad. Por la vía de la oralidad la décima se convirtió en poesía popular, “al lado de los otros géneros tradicionales, el romancero y el cancionero, hasta llegar a ser la expresión preferida de la poesía popular” de todo el mundo luso-hispánico. Esto explica porque de ella se han servido para la queja, para la alabanza, para la controversia, para la burla, y para la sátira, así como para el canto y para la conquista amorosa, los modernos juglares, los payadores, los trovadores y troveros, los repentistas, los poetas improvisadores y “los permanentes aedos que, en efecto, con su guitarra al hombro”, han hecho de ella “un genuino género folclórico” a lo largo y ancho del continente.

Como nos lo muestra –el bien documentado y amplio trabajo- del profesor Trapero[iii] la décima es un fenómeno cultural que atraviesa la cultura popular iberoamericana. De la mano del cantor errante nació una relación estrecha entre décima y música, que atraviesa casi toda la tradición musical popular del continente. Sin embargo Trapero subraya que Cuba es, “posiblemente, el país en que mayor arraigo popular tenga la décima”, ya que fue en Cuba donde los dos géneros más antiguos de la poesía popular española: el romancero y el cancionero fueron remplazados con mayor facilidad por  la décima. En ese país, según el Web-site Rumores de la campiña de Cuba, esa relación se materializo en El punto cubano, un género musical cuya “letra y música se conjugan armónicamente para expresar el canto, que presenta una línea melódica conocida como tonada”. Para la muestra los versos de un muy bailado punto cubano:

Yo soy el punto cubano
Que’n la manigua vivía
Cuando el mambí se batía
Con el machete en la mano
Tengo un poder soberano
Que me lo dio la sabana
De cantarle a la mañana
Brindando de mí saludo
A la palma al escudo
Y a mí bandera cubana 


Según lo sostenido en este Web-site El punto es “la expresión musical por excelencia del hombre del campo cubanoy una de sus variantes consiste en “narrar cuentos en décimas, sin parar, y casi siempre sobre motivos fantásticos e incongruentes” (decimas).

El estilo de improvisar y cantar la décima al estilo campesino cubano ha alcanzado un reconocimiento amplio en el mundo iberoamericano. Esto ha hecho del Punto Cubano un modelo reconocido cuando de ejecutar la “poesía  improvisada” se trata. El reconocimiento del Punto cubano ha conllevado a que este estilo sea el más prestigioso entre todos los estilos que existen a lo largo y ancho de la América Hispana. En muchas partes se ha aceptado que la “poesía improvisada en décimas”, debe hacerse “conforme a las «reglas» del Punto cubano, siguiendo las “reglas de la música y de la instrumentación con que se acompaña” en Cuba “la poesía  improvisada” (ulpgc).



Niño cubano interpretando décima en una fiesta campesina en Camagüey. Imagen tomada de "+" camaguey

Sobre la universalización del canto cubano en décima, Trapero resalta el caso de las Islas Canarias, lugar que según él se ha convertido en el último bastión de la décima en España. Cuando la décima en Canarias estaba en un proceso de franca desaparición, fue reintroducida por emigrantes cubanos, lo cual explica porque “la manera de cantar hoy las décimas en Canarias no sólo” sea “cubana, sino que lo es incluso el nombre que lo designa: el punto cubano” (ulpgc).

En lo que concierne a Puerto Rico, el folclorista boricua Luis Manuel Álvarez[iv] sostiene que la décima en Puerto Rico es “el símbolo de identidad nacional”, pues del seno de la décima surgió el Seis jibaro: “el género musical puertorriqueño con el cual se canta la décima octosílaba”.  Sostiene Álvarez que dentro de la dinámica, que rodea el proceso de identificación de su nación con los géneros folclóricos que se hacen tradicionales, surge un sentimiento especial, que se podría definir como “el parámetro de la emoción cultural”. Para los puertorriqueños –sostiene Álvarez- “el seis, que canta nuestra décima, representa ese parámetro de emoción cultural”. En su consideración “ese parámetro de emoción cultural” representado “en el seis es sumamente fuerte. Por eso su proyección más allá” de las fronteras puertorriqueñas debe entenderse “dentro de la perspectiva de lo que en realidad representa” para los puertorriqueños: el “principal símbolo de identidad nacional”.

Para ilustrar con precisión lo sostenido por Álvarez traemos a colación un extracto de la conferencia que diera sobre el tema, a finales de abril de 2001, en Valledupar (coqui ).

El mejor testimonio de la fuerza cultural del seis boricua es su ámbito de acción cultural, sus funciones, sus usos y costumbres, y sobretodo el lenguaje musical que acompaña sus décimas. Como género comunicativo y narrativo el seis puede ser épico, romántico, jocoso, pasional y revolucionario, filosófico, religioso, chabacano, o por el contrario sumamente culto y poético. Es el mejor recurso de acción musical de los trovadores para improvisar décimas a lo divino y a lo humano; pero también es uno de los mejores recursos para cantar décimas en promesas, parrandas, y trullas campesinas. En las tradiciones navideñas el seis es inseparable de su hermano menor: El aguinaldo. El aguinaldo representa el canto de la décima hexasílaba y cuando se utiliza en rituales de música navideña, se canta tradicionalmente fuera de la casa; al entrar a la casa entonces se canta un seis. Esta tradición del aguinaldo afuera y el seis adentro arropa a todo Puerto Rico. En esta época la décima hexasílaba y la octosílaba domina todos los escenarios de la música navideña en Puerto Rico

De la importancia del Seis en el imaginario puertorriqueño da testimonio Ricardo “Richi” Rey y Boby Cruz, con su famoso Seis chorrea’o


Ay, lelolay lelolea, lolay lolay lelolea,
Cuando llegue noche buena
Me voy pa casa e‘Ramón
A comer arroz con dulce
Y el rabito del lechón
Y pasteles bien picantes
Como los cocina flor
Mucho turrón alicante
Y un buen palito de ron


El trabajo de Álvarez nos permite de constatar que en la tierra del Gran Combo, la universidad de la salsa, no es la salsa el elemento que domina el imaginario popular, sino la décima. En ese país, como él lo expone, “la interrelación entre los poetas cultos y los cantantes y trovadores campesinos es extraordinaria”. Esto le ha permitido a la décima influenciar la cultura puertorriqueña en muchos ámbitos, a partir de un dialogo fluido “entre la décima culta y la música popular”, entre la décima y las oraciones religiosas y entre la décima y la plena. He aquí una décima religiosa extraída de la conferencia de Álvarez: 

Bendita sea tu pureza
Y eternamente lo sea
Y solo un Dios se recrea
En tan grandiosa belleza
A ti Celestial Princesa
Virgen Sagrada María
Yo te ofrezco en este día
Alma vida y corazón
Muéstrame tu bendición
Todas las horas del día

Con respecto a República Dominicana, la bloguera Olga Luciano sostiene en su blog Hasta la tambora, albergado en la página web del diario El País, que “las décimas constituyen un género de poesía popular muy arraigado en la cultura dominicana”.  Bien que la documentación que se encuentra en línea sobre la décima en República Dominicana es poco fiable, en el texto La cultura criolla o la cultura dominicana, disponible en el portal El Rincón del Vago, se sostiene que “el género poético más utilizado por los campesinos era la décima, composición improvisada por personas dotadas”. Aunque dicho texto no desarrolla esta idea ni nos muestra un recorrido metodológico, que nos permita identificar los fundamentos que soportan dicha afirmación, hemos decidido darle crédito a la misma, pues como lo sostiene Philip Pasmanick en su trabajo sobre la décima cubana, la décima fue adoptada por las clases populares desde sus inicios, porque es “fácil de musicalizar y dotada de una estructura de rima atractivamente cadenciosa”. Eso hizo que en el Viejo Mundo –a finales de la edad media- la décima fuera “integrada rápidamente por campesinos andaluces y canarios, muchas veces analfabetos” a su repertorio lúdico (scribd). 

 

Para mostrar el perfil de la décima que se cultiva en Quisqueya, traemos a colación un verso de la décima Los mangos bajitos, compuesta por el escritor Juan Antonio Alix, a quien su biógrafo virtual define como: “El más acabado tipo de poeta popular dominicano (poetas)

 

Dice don Martin Garata,

Persona de alto rango,

Que le gusta mucho el mango

Porque es una fruta grata.

Pero treparse en la mata

Y verse en los cogollitos,

Y en aprietos infinitos...

Como eso es tan peligroso,

El encuentra más sabroso

Coger los mangos bajitos. 


Según la biografía, este decimero fue el “primer poeta eminentemente social que ha tenido el pueblo dominicano”. Su obra poética dio inicio a “un nuevo merengue” que cantaba sus décimas porque “el jolgorio, la agudeza, moraleja, expresión picaresca o intencional”, que iba “envuelta en el estribillo o en una estrofa, quedaba asentada en el espíritu, y se repetía, con ocasión de determinado motivo, como un dicho popular, con intención de refrán”.

 

En cuanto al caribe continental hispano, en Venezuela –al suroriente del caribe insular- la décima hace parte de una de las tradiciones más notorias del folclor popular de éste país. Según el investigador Juan Francisco Sans[v], que estudio las contribuciones del músico, coplero y decimero Inocente Carreño à la música y la literatura venezolana del siglo XX, en Venezuela existen dos estilos para cantar la décima: uno propio de las Islas de Margarita y otro de los Llanos. Según Sans, en lo que compete a la tradición “en la lírica popular venezolana” hay “28 temas medievales que […] han sobrevivido”. Citando a Efrain Subero –quien escribiera el primer tratado académico sobre la décima en ese país- agrega que en la tradición venezolana “no todas las décimas son elaboradas especialmente para ser cantadas”, pues “las décimas, satíricas, los pasquines”, son elaborados para que pasen “de mano en mano y tal vez su misma peculiaridad impide que sean divulgadas en público.” Como lo destaca Sans, en Venezuela todos aquellos que se han ocupado de estudiar la décima han encontrado una fuerte relación entre verso popular y música, pues allí se considera que “la esencia de la poesía popular está en ser originariamente una poesía hecha para el canto”. Lo anterior explica porque el venezolano cree con fervor que “el pueblo compone lo que canta y canta lo que compone”  (musicaenclave).

 

La relación estrecha entre música y lirica popular es –según Sans- la razón que explica porque Inocente Carreño, una de las figuras más importantes del llamado arte mayor: la música coral y sinfónica, haya sido también un prolífico escritor de coplas y décimas. De las decimas seleccionadas por Sans en la obra decimera de Carreño traemos al canto el fragmento de la décima, que compusiera este músico a los miembros de la Orquesta Sinfónica del Estado de Nueva Esparta

 

A ustedes, caros amigos/

Mi gratitud infinita/

Que hoy mi garganta grita/

Teniendo a Dios por testigo/

Pues merecería castigo/

Si yo en esta confesión/

Que brota del corazón/

No dijera a voz en cuello/

Hasta perder el resuello:/

¡Ustedes, chéveres son!...

 

En Panamá, en el suroccidente del Caribe Continental, la décima es considerada –según el registro del portal educapanama del Ministerio de Educación Nacional- como “la forma en que el hombre campesino expresa sus cuitas o su saber”. Wikipedia, que recoge un artículo de buena calidad académica y bien documentado sobre el tema, afirma que “esta manifestación poética” va casi siempre “asociada el género musical denominado "mejorana" […], de la cual los poetas se valen para acompañar melódicamente sus versos, los cuales se cantan principalmente en las "cantaderas", eventos que se llevan a cabo en los "jardines" o "jorones"”. La décima es considerada junto a la mejorana –décima cantada- como lo más valioso de la poesía folklórica panameña. Según el profesor Marino Jaén Sánchez, responsable de la página web Panamá típico, en Panamá cuando la décima se canta tradicionalmente es acompañada por instrumentos de cuerda, tales como la mejoranera (cinco cuerdas) o la bocona (cuatro cuerdas) ( panamatipico).

 

De las décimas seleccionadas por el profesor Jaén, reseñamos un verso de la décima Ani tú eres bonita

Aquella tarde preciosa,

Cuando tú viniste al mundo/

Sentí un placer tan profundo/

Porque te vi bien hermosa/

Sentía no sé qué cosa/

Al verte tan pequeñita/

Débil también enfermita/

Ni siquiera te movías/

Mi corazón te decía/

Ani tú eres bonita. 

 

Otra región del Caribe donde la décima tiene un privilegio en la vida cultural es la región del Estado mexicano de Veracruz, en la parte centro-occidental del Caribe Continental. Allí según Rafael Figueroa Hernández “son populares los decimeros, que en los fandangos, entre son y son, recitan sus versos picarescos o de denuncia, mientras son acompañados por las jaranas, el marimbol, el pandero, el cajón y la quijada de burro que tocan los músicos”. En esa región se le llama fandango a “una fiesta popular, a veces improvisada, que se puede llevar a cabo en cualquier patio o calle, donde los bailadores apoyan a los músicos tocando ellos mismos un instrumento con sus pies”. 



Acuarela de trovadores rurales. Imagen tomada de blogger

Considera Figueroa Hernández que en esa esquina mexicana, la décima es el medio preferido por el pueblo para filosofar y para burlarse de aquello que no comparte o que no puede cambiar aunque le afecte. En esa región, según él, en los primeros días de febrero se realiza en el pueblo de Tlacotalpan, Veracruz, un encuentro de jaraneros que se conoce como el “Encuentro de la Décima Irreverente”, donde se recitan las décimas, que por su tono grosero están fuera de eventos oficiales ("+" wanadoo)


He aquí un verso que nos muestra el tono de las décimas que allí se cantan o declaman todos los febreros:

 

El estreñimiento

 

De los males el peor/

El maldito estreñimiento/

Te nubla el entendimiento/

Te ocasiona un gran dolor/

Se te cambia hasta el color/

Pronto se saltan las venas/

Sientes las entrañas llenas/

Intestino a reventar/

Después de mucho pujar/

Logras un pedito apenas.

 

En conclusión, como lo resalta Maximiliano Trapero en su estudio sobre la décima en las Islas Canarias intitulado “La décima popular en Canarias: sus modalidades de usos, su historia y su actualidad[vi]”, publicado por el Colegio de México, esa «viajera peninsular» ─como la llamó el Indio Naborí ─ es una manifestación literaria, que viene de lejos y tiene un profundo arraigo a lo largo y ancho del Caribe Hispano. Los estudios de Trapero –unos de los más completos sobre éste género de poesía- nos muestran el itinerario de la décima a lo largo del mundo iberoamericano. Su nacimiento en Andalucía, su paso y establecimiento en Canarias, su llegada a los puertos intercomunicados del Caribe: La Habana, Santo Domingo, Veracruz y Cartagena de Indias, y su partida de allí, de donde salió a establecerse en todos los países iberoamericanos. Lo anterior hace que sea justo decir “que en cada una de estas escalas [la décima] recibiera improntas, que la constituyeran de manera peculiar, hasta llegar a adoptar las formas definitivas de cada lugar” (ulpgc).

 

La décima en la cultura popular del viejo Estado de Bolívar

Mis observaciones sobre el terreno; la lectura de las crónicas periodísticas y de diversos relatos escritos; el examen de las narraciones orales que retengo y de las letras del cancionero popular, que alegra los festejos patronales de los parajes recónditos, que se encuentran diseminados por la geografía de ese territorio, me permiten de considerar que hay cuatro manifestaciones culturales dominantes en el panorama de las tradiciones folclórico-culturales de ésta región. Éstas son: 1) la lidia del toro bravo, que se escenifica en las fiestas en corraleja; 2) el manejo del caballo, de lo cual dan testimonio los espectáculos acrobáticos que aún se realizan por los lados de Sincelejo y de San Bernardo del Viento; 3) la música de bandas (porros y fandangos), de gaitas (cumbias y cumbiambas) y el bullarengue, y finalmente; 4) el cultivo de la décima.




La lidia del tomo cimarrón y el manejo del caballo, dos tradiciones populares en la población rural del antiguo Estado de Bolívar. Imagen tomada del blog de Julio Luna "+" julioluisluna 

Sobre el lugar ocupado por la lidia del toro bravo en el imaginario popular no hay que hacer mucho esfuerzo exegético para demostrar dicha realidad. Cualquier investigador sociocultural, que quiera comprobar –de buenas a primera- dicha relación, solo debe pedirle a cualquier morador de un pueblo de la región que le cante el verso de una melodía, en la que se rinda tributo a los toros bravos. Éste –si es un sabanero genuino o un sinuano autentico- en pocos segundos podrá comenzar a tararearle unos versos de Julio Fontalbo, que cantan:

Había un toro muy rejuga’o/
Que era ligero como un rayo/
Dicen que como ese ya no hay/
Era criollo cacho encontra’o/
Y valiente de color bayo/
Por eso don Arturo lo puso el Balay

Si se pide que cante otra tonada que exalte el culto al toro cimarrón, éste podría comenzar a canturrear:

Ya sali’o el toro negro/
A la corraleja homb’e/
Ya salieron los manteros/
A hacerle la faena compa/
Son de Tolemaida/                 
Son de Juancho Verna/

El canto a la lidia del toro bravo: actividad temeraria y sangrienta, no se reduce sólo al porro. También lo encontramos en otros géneros musicales de la región, pues a la sazón Miguel Duran canta

Si sale una vaca guapa/
Yo no puedo aguantar la riza/
Como yo no tengo manta/
La espero con mi camisa/
Y si sale un toro bravo/
No puedo aguatar la picazón
De meterme a la plaza
Con media botella e ron

La pasión por la lidia del toro bravo no es una cosa que se reduce solo a la música. La décima ella misma recoge en su repertorio algunos versos que le rinden homenaje a esa controvertida tradición. Miremos nada más este verso recogido por el historiador William Fortich sobre el tema, en su trabajo inédito que citamos antes

Vide un sapo garrochando/
En la puerta de un torín/
Una rana en pollerín/
Con una manta manteando.

En ese verso brillan con luz propia las tres características principales de la oralidad sinuano-sabanera: la hipérbole, el absurdo y la vocación de atribuirle comportamientos humanos a los animales, que es –a mis ojos- una herencia de la tradición indígena. Juan Gossain[vii], en su novela La Balada de María Abdala, también nos deja ver la importancia que tiene el toro bravo en el imaginario lúdico sinuanos-sabaneros. En esa novela Gossain nos muestra a través de  uno de los personajes: el hijo de un inmigrante libanes, que muere corneado por un toro, esa relación, donde la lúdica se cruza con el peligro y la diversión del público frecuenta la tragedia.

De las otras dos manifestaciones culturales que hemos resaltado no versaremos en esta ocasión, porque no es el objeto de este estudio y porque tampoco tenemos documentación suficiente para apoyar nuestras reflexiones. Sobre la cuestión musical solo bástenos decir que el tema es largo y amerita para el solo no una, sino varias crónicas o artículos como éste.

Sobre el lugar ocupado por la décima en la cultura popular de la banda noroccidental del Río Magdalena, el escritor y periodista Alfonso Ramon Hamburger Fernandez nos dijo, en un intercambio virtual que sostuvimos sobre el tema, que “la décima es muy fuerte en la Sabana”. Según él, su presencia en la cultura del norte de Colombia sobrepasa los límites de esta región,  pues “algunas canciones clásicas del vallenato están estructuradas en forma de décima, particularmente las del viejo Emiliano Zuleta, como es el caso de La Gota Fría. Pero cabe anotar que en el campo de la creación musical los vallenatos descuidaron la décima. Al contrario de ellos, los sabaneros la conservaron, por eso la décima se concentra hoy en día en la Sabana y no es muy típica en el vallenato. Entre los compositores de música de acordeón de la Sabana, hay compositores como Adolfo Pacheco que han hecho varias de sus canciones en décima. De ellas resalto canciones como Mi Niñez y una que Pacheco compuso a  un cerdo”. Hamburger también menciona el caso de Toño Fernández que, según él, fue también un gran decimero. Agrega Hamburger  “que hoy en San Jacinto, quien recoge esa gracia, es Rafael Pérez García, quien recibiera el premio Grammy Latino en 2007”. Sobre los decimeros activos en esa región ver cuadro No 1.

 

Cuadro 1 : Inventario de los decimeros de la Sabana, Bolívar y Atlántico

Decimero
Lugar
Alejandro Martelo Q. P. D.
San Joaquín Bolívar.
Rafael Pérez López Q. P. D.
Don Alonso Sucre.


Gustavo Lara
Malambo
Marcial Meza
Malambo
Justo Martinez
Malambo
José Herazo Mosquera
Coloso
Antonio Goez
San Benito Abad
Alezander Rossi
Barranquilla
Juan David Atencia
 No determinado
Alfredo Enrique Martelo Escobar
Cartagena

Fuente: dialogo con interesados sobre el tema en el muro de Facebook de Alfonso Ramón Hamburger Fernández

 

 

La décima en el Sinú: recorrido por un universo mal conocido

 

En mayo de 2002, en un artículo publicado en el fascículo Sinuanidad, la filósofa Rubi Castro Puche manifestó su asombro frente al desconocimiento evidente que los medios académicos y culturales cordobeses acusaban sobre la visión metafísica, que los habitantes de las cuencas de los ríos Sinú y San Jorge manifestaban sobre su propio mundo. Para ella era asombroso que el mundo universitario no supieran « casi nada sobre el ser individual y social», así como « sobre la visión de mundo que soporta » las interacciones de la gente de la región entre sí, ni sobre el lugar que ocupa, en esa visión del mundo, el entorno geográfico en que viven[viii].

 


Las bandas de músicos, una de las cuatro tradiciones populares representativas del antiguo Estado de Bolívar. Imagen tomada de la página de Facebook William Fortich Días


En otro artículo publicado en la misma revista, mismo número, Benjamín Puche consideraba –por su parte- que los elementos que contienen la cosmovisión del « ser individual y social » del sinuano están presentes en « la tradición oral » de la región, que pasa de generación en generación a través de los « refranes, coplas y décimas». Al respecto Puche sostiene: «si quisiéramos averiguar los ingredientes de nuestra comunidad no tendríamos más que acudir a una copla», pues en las coplas, los dichos y en el vocabulario cotidiano se encuentran presentes los elementos, sobre los que gravita « la riquísima cultura de lo que hoy conforma el departamento de Córdoba con miles de años de antigüedad ». En otras palabras, Puche considera que solamente hurgando en el acervo oral regional vamos a encontrar los fundamentos de base del imaginario vernáculo. Según él, esa tradición oral condensa un compendio de conceptos que explican « el comportamiento social» de la gente de la región y es a través de su decodificación como vamos a « interpretar su cosmovisión ». En la consideración de  Puche, los versos de las décimas y coplas que cantan los campesinos de la región llevan en ellos la manera de concebir el mundo de la población local. Para él, esos versos son portadores de una « filosofía inédita », que viaja « por el torrente del lenguaje doméstico » y por eso todo el mundo la entiende y saborea « sin remilgos ni presunciones»[ix].

 

Las opiniones de Puche sobre la cultura local sinuana nos permiten de evocar las apreciaciones de Nietzsche sobre la importancia, que tiene el acervo poético popular en la construcción de la identidad social colectiva. Este filósofo decimonónico, al analizar el rol del sueño y la embriaguez en la actividad creativa del escultor, del poeta y del maestro cantor, consideró que estos individuos son fundamentales para la humanidad. Ello se debe a que su trabajo artístico permite la representación de la experiencia onírica, primer escenario donde se manifiesta el arte y la conciencia de pertenencia a un universo cultural. El escultor hace posible que “las espléndidas figuras de los dioses” sean representadas en estatuas. El poeta le permite al ser humano de liberarse, de manera mesurada, de las imágenes y emociones más salvajes que la experiencia onírica le depara a través de «las cosas serias, oscuras, tristes, tenebrosas, los obstáculos súbitos, las bromas del azar, las esperas medrosas, en suma, toda la divina comedia de la vida, con su Inferno».

 


Juan Doria Durango, decimero del Bajo Sinú. Foto:  Ricardo Holea Hernández

En cuanto al maestro cantor –el juglar, el actor cantante-, éste hace posible que fluya la esencia de lo dionisíaco, sentimiento que va ligado a la embriaguez, que es un estado del alma más aproximo a lo que somos nosotros en la vida real. El cantor de poseía y de cantos populares libera el alma del pueblo, despertando «aquellas emociones dionisíacas en cuya intensificación lo subjetivo desaparece hasta llegar al completo olvido de sí ». Para Nietzsche la desinhibición que desencadena el arte del maestro cantor en el alma popular se debe en concreto a un hecho: “todos los hombres y pueblos originarios hablan con himnos”, que cuentan su historia y narran los hechos de “la vida ardiente de los entusiastas dionisíacos” que los integran[x]. Para la muestra, unos versos de Carlos Huertas, que se convirtieron en un muy celebrado vallenato parrandero:

 

Compadre Poncho dígame cuándo se va

Para esas tierras ribereñas del Sinú

Para mandarles recuerdos y gratitud

A unos amigos que yo tengo por allá.

Esto no es cumplimiento ni es deber

Le aseguro que es tan sólo cariño.

Me saluda a Rodrigo Argel

Hombre que es muy decente y buen amigo.

Y me le dice que lo quiero ver

Para que vuelva a parrandear conmigo.

A Nando Otero le voy a mandar una carta

Pero parece que le voy a causar molestias

Porque usted sabe, como yo, Poncho Zuleta

Que ese palomo no se consigue en su casa.

  

En las sabanas del antiguo Estado de Bolívar y en el Sinú al Maestro Cantor –al juglar- lo representa el decimero. Por su parte, los himnos que recogen la historia y el imaginario colectivo local están representados en las décimas. Sin embargo, en la región del Sinú ese patrimonio inmaterial ha venido siendo abandonado paulatinamente y su lugar lo han ido ocupando manifestaciones culturales foráneas. El desapego creciente por las décimas y la desvalorización del decimero como figura cultural cimera del folclor local está ligado a un comportamiento, que el profesor José Palomo Zurique atribuye al desconocimiento de la cultura local – y de la cultura universal hispana, agregaríamos nosotros-. Para Palomo, la cultura del Sinú es un producto sincrético, que aún no se ha estudiado de manera ordenada. La falta de interés académico por la cultura local está ligado a una percepción vergonzante sobre los valores culturales vernáculos por parte de –sectores influyentes- de la élite local.

 

Debido a ese comportamiento se « ha subestimado  –en el  parecer de Palomo- la importancia de la sabiduría popular, que es por excelencia oral» y que es «la que mejor conserva en nuestra región los valores de la sinuanidad ancestral». El profesor Palomo insinúa que ese comportamiento se debe a un modelo educativo y una cultura académica, que se centra en reproducir viejos valores heredados de un pasado colonial, que ha impedido el desarrollo de « una conciencia autónoma[xi] ».  Sin embargo, a nivel local, dentro del mundo académico tampoco parece haber interés por poner en claro y conservar los valores culturales universales, como la décima, que están ligados a esa herencia colonial.

 

Queremos volver aquí sobre algo que ya habíamos subrayado anteriormente y que es ratificado en el trabajo de la investigadora Consuelo Posada[xii]: la connotación transversal que tiene la décima en el Caribe Hispano, donde es la forma poética predominante. En el caso de Colombia, la Costa Atlántica es una de las pocas regiones del país donde la décima se sigue cultivando con cierta pasión, aunque su “práctica ha estado unida a los gustos de la población rural”. En esta región, sostiene Posada, “en los pueblos donde quedan decimeros la décima se conoce como un verso de « diez palabras »”.

 

Consuelo Posada también evoca un aspecto que otros autores, que también se han ocupado de estudiar esta tradición literario-musical a lo largo y ancho del Caribe, han detectado: la existencia durante la época colonial de un fuerte intercambio comercial entre las costas del Caribe continental y el Caribe insular. Según  Maximiliano Trapero y Antonio García de León,  la décima es un testigo –documental- que da cuenta de la intensa actividad comercial entre las costas de Venezuela, Colombia y en menor grado Panamá –en el sur- con las islas del Caribe hispano: Cuba, Puerto Rico y Santo Domingo y con el Caribe Continental mexicano, particularmente con el puerto de Veracruz. Ese triángulo comercial se extendía hasta las Islas Canarias, única región de España donde el cultivo de la décima, como lo sostiene el profesor Trapero, se ha mantenido vivo. Ese elemento lo traemos a colación para señalar que la décima es el cordón, que une al Sinú y las Sabanas de Sucre y Bolívar con una tradición cultural que cubre un vasto territorio, que se extiende desde el Caribe occidental de Colombia hasta las Islas Canarias.

 

En relación con lo anterior – y volviendo a Nietzsche- podemos decir que así como la poesía culta es una herramienta útil para el filoso, la décima y el romancero son herramientas de trabajo útiles para el historiador, el antropólogo y el sociólogo. Si un soneto le permite a un filósofo y aun psicoanalistas de comprender el imaginario íntimo del individuo y su relación con el mundo en el que se encuentra inmerso, la décima, el romancero de ciegos y el cancionero popular –géneros literarios de profundo arraigo en la tradición oral- le ofrecen a historiadores, antropólogos, y sociólogos la posibilidad de comprender –en profundidad- el imaginario colectivo y la realidad social en la que se debate el autor y el individuo que los canta.

 

Para confirmar lo anterior válganos citar de nuevo al profesor Trapero, quien sostiene: “es en la tradición oral en donde la décima se convierte en el tercer género literario de la poesía popular”. La oralidad ha hecho de ella  un «género integral» y «múltiple en sus diversas manifestaciones». La versatilidad que posé la décima para recorrer “temáticamente el universo entero de la vida” del ser humano, “tanto en la esfera individual como colectiva”, “sirve para expresar un sentimiento personal e íntimo como para narrar cualquier acontecimiento que haya conmovido el interés general” [xiii]. Para la muestra tres ejemplos extraídos del cancionero vallenato, en los que se insinúa la estructura de la décima. El primero es la canción Costumbres perdidas, de Dagoberto López. 

 

Las costumbres de mi pueblo se han perdido

Ya no braman los terneros en los corrales

No se quieren como antes los compadres

Ni respetan los ahijados a los padrinos

Ya no se sabe ahy ya no se sabe,

Ya no se sabe cuál es el padre o el hijo


Se acabaron esas noches de vigilia

Ya no salen aparatos en los caminos

Ya no existen los amores escondidos

Ni se roban los besitos en las esquinas

Mejor yo sigo, ahy Mejor yo sigo

Mejor yo sigo con mis costumbres perdidas


Ya no brillan como antes los luceros

Ya no aúllan los perros en la madrugada

No se bañan los niños en los aguaceros

Ni le cantan bonito a la enamorada

Mejor me quedo ahy mejor me quedo

Mejor me quedo con mis costumbres pasadas


Se acabaron esas bellas alboradas

Ya no existen las noches de luna llena

Las campanas de mi pueblo ya no suenan

Anunciando que llegó la madrugada

Ya ni siquiera ahy ya ni siquiera ya ni siquiera

Pelean los hombres  en mi pueblo a las trompadas

 

Sin ser estrictamente una décima, la canción Costumbres Perdidas es un documento que le permitiría a un sociólogo o a un antropólogo documentar los cambios profundos, que ha registrado, en materia de hábitos sociales y culturales, la Costa Norte colombiana a partir de la década de 1960. El segundo ejemplo es la canción El viejo Miguel, de Adolfo Pacheco

 

Buscando consuelo, buscando paz y tranquilidad

El viejo miguel del pueblo se fue muy decepcionado

Yo me desespero y me da dolor por que la ciudad

Tiene su destino y tiene su mal para el provinciano

Le queda el recuerdo indeleble de una amistad

Que deja en la tierra querida de sus paisanos


En esta canción, el autor deja testimonio de uno de los fenómenos sociodemográficos más sobresaliente de la segunda mitad del siglo XX en Colombia: la urbanización acelerada de la población. Igualmente un aspecto socio-antropológico sale a relucir en su contenido: la desconfianza que poseía frente a la ciudad la población rural en aquellos tiempos. La canción nos da a entender que la urbe es un lugar poco recomendable para los “provincianos”, ya que su ambiente social malsano es nocivo para la gente de origen rural. Finalmente el último ejemplo es la canción El Testamento, de Rafael Escalona

 

Oye morenita te vas a quedar muy sola

Porque anoche dijo el radio

Que abrieron el Liceo

Como es estudiante

Ya se va Escalona

Pero de recuerdo te dejó un paseo

Que te habla de aquel inmenso amor

Que llevo dentro del corazón

Y dice todo lo que yo siento

Que es pura pasión y sentimiento

Cantando con el lenguaje grato

Que tiene la tierra ´e Pedro Castro


Adiós morenita me voy por la madrugada

No quiero que me llores

Porque me da dolor

Paso por valencia

Cojo la sabana

Caracolicito y llegó a Fundación

Y entonces..."me tengo que meter

En un diablo al que le llaman tren

Ay, que sale por to’á la zona pasa

Y de tarde se mete a Santa Marta

 

Si las dos primeras construcciones literarias nos hablan de los cambios que sufrió la Costa Atlántica colombiana en la última mitad del siglo XX, la tercera nos permite de percibir, con precisión, las condiciones materiales y culturales de la sociedad costeña antes de la década de 1950. La ausencia de colegios de secundaria en las ciudades de tercer nivel como Valledupar, la ausencia de vías de comunicación eficientes, pues es casi seguro que el autor de la canción debió hacer el trayecto entre Valledupar y Fundación a caballo, y la condición de lujo que tenía la educación para la gente que vivía en la periferia. La atmosfera que describe la canción nos permitiría de deducir que en la época, sólo los hijos de las clases acomodadas podían abandonar su lugar de origen, para trasladarse a estudiar a las principales ciudad del país.

  

En tal sentido, si filosofía y poseía culta, como lo resalta el poeta y filósofo "+"Alejandro Félix Raimundo, van de la mano, décimas, coplas, cancioneros y romanceros riman con historia, sociología y antropología. Mientras que la filosofía y la poesía culta aspiran a explicar lo absoluto, los géneros literarios populares tienen la pretensión de narrar la vida cotidiana de la gente, informando sobre los hechos que la animan, debatiendo sobre las medidas y los fenómenos incomodos que la afectan, mofándose de lo que no pueden cambiar o de lo que detestan, y dejando testimonio de la manera como en la calle, el vulgo reacciona frente a la dialéctica del diario vivir. Por esta razón a la décima, el romancero y el cancionero, como lo sostiene el profesor Trapero, se les puede considerar dentro de un « género de poesía (y de literatura)», al que « se le puede llamar, con razón, «poesía memorial»”[i].  

 

El declive de la vitalidad de la décima cantada en el Sinú y la Sabana es un aspecto que también ha sido advertido por la investigadora Consuelo Posada. Apoyada en el libro Diez juglares en su patio de Jorge García Usta, Posada insinúa la “pérdida” total “de la tradición decimera” en la región. Posada, citando a García Usta, resalta que el último gran decimero de la región fue Cico Barón, que vivió durante los primeros años del siglo XX. Baron, “acompañado del fervor campesino, iba por los caminos recientes, de fiesta en fiesta, cantando y creando décimas y, en ocasiones, sosteniendo prolongados combates en poesía [ con otros decimeros], que se extendían un día y una noche ante el deslumbramiento” de un público, compuesto por peones de haciendas ganaderas, lavanderas de ropa ajena, prostitutas trashumantes y hacendados generosos, que sacaban de sus bolsillos “mazos de billetes para ofrecer a los trovadores triunfales”.

 

La tesis de Posada es incontrovertible en un punto: la “desaparición de la décima como institución, como fenómeno colectivo”. Esto ha sucedido debido al auge de los medios de información masivos, la urbanización de la población y la aparición de una fornida industria del entretenimiento: el universal negocio del Show-Business. Los medios que esta industria usa para difundir la música, el cine y la televisión, le han arrebatado a la palabra en vivo el sitial de honor que tenía otrora. Con la pérdida del valor de la palabra en vivo, el cantador de decimas pierde su encanto como hombre espectáculo.

 

Sobre el impacto que ha tenido el auge de la industria del espectáculo en el discurrir de la décima en el Caribe Colombiano y sobre la manera como ésta ha inducido a la desvalorización del rol del decimero como personaje lúdico, Ricardo Holea Hernández; un folclorista cordobés, que conoce el universo de la décima es ese departamento por todas sus costuras, nos dijo:  “ es muy cierto, los adelantos tecnológicos relegaron –a un segundo lugar- al decimero en parrandas y fiestas, donde este era un elemento importante, casi que imprescindible”. Sin embargo nos parece que Consuelo Posada exagera –un tanto- al sostener que la tradición decimera costeña desapareció por completo, porque “esas piquerías interminables en la zona del viejo Bolívar y de toda la sabana costeña, que se continuaron cantando con los diez versos originales de la décima clásica, ya no existen”.

 

Los elementos que nos llevan a distanciarnos de la tesis de Posada surgieron dentro del marco de un intercambio virtual fluido, que hemos venido sosteniendo con actores culturales ligados a esta manifestación cultural en el Sinú y las Sabanas de Sucre. Este intercambio nos ha permitido de identificar un número considerable de decimeros activos, que continúan cultivando de manera entusiasta este arte singular, que mezcla la literatura, la música y las artes escénicas (Ver cuadro No2).



Cuadro 2 : Decimeros Importante En El Panorama De La Décima Cordobesa En Los Últimos 50 Años

Decimero
Lugar De Origen
Genero
Efraín Cantero Q. P. D.
Sabana Nueva
Interprete
Blas Segura López Q. P. D.
Sabana Nueva
Repentista
El Poeta Berrio Q. P. D.
Montería
Repentista
Ricardo Pérez Vidal Q. P. D.
Sabana Nueva
Repentista



José Antonio Pérez
Sabana Nueva
Repentista
Cristóbal José Petro
Sabana Nueva
Interprete
Víctor Zamora
Planetarica
Interprete
Juan Doria Durango
San Pelayo
Interprete
Andrés López
Las Flores
Interprete
Edilberto Pestana
Sabana Nueva
Interprete
Norberto Pérez
Saba Nueva
Interprete
José Antonio Petro
Sabana Nueva
Interprete
Ricardo Madera Escobar
El Carito
Interprete
Adolfo Madera Escobar
El Carito
Interprete
Lázaro Cantero
Sabana Nueva
Interprete
Roberto Yances
San Bernardo Del Viento
Escritor e investigador
Jaime Doria
Sabana Nueva
Escritor
Luis Ramírez
Montería
Escritor
Erasmo Berrio
Montería
Escritor
José De Los Santos Páez
Buenavista
Escritor
Mery Suescun Mendoza
Montería
Escritora
Pedro Nel Rodríguez
Callejas
Escritor
Carlos Díaz Barón
San Pelayo
Repentista
Eliecer Rada Serpa
Montería
Repentista
Wascar Cantero
Sabana Nueva
Repentista
Filiberto Hernández
Sahagún
Repentista
Julio Miguel Cantero
Carrillo
Repentista

Fuente: Ricardo Olea Hernández

 

El inventario que hemos levantado a través de este dialogo con actores culturales sinuanos y sabaneros nos permite de considerar que –si bien es cierto que la décima no ocupa hoy en día un lugar privilegiado dentro de la vida cultural del Sinú y la Sabana-, el lugar que sigue ocupando dentro del patrimonio cultural inmaterial de la región es indiscutible. La existencia de aproximadamente media decena de festivales que la acogen como invitada especial o que la celebran y le rinden culto –además del número de cultores que consagran su tiempo a cultivarla- nos da a entender que la décima en el Sinú y la Sabana tiene su propio espacio en la escena cultural. La presencia de la décima –y el decimero- en el paisaje cultural de la región mantiene cierto vigor, a pesar de que –según lo resaltado por Ricardo Olea Hernandez- los gobernantes locales se han interesado poco por diseñar políticas que permitan reconocer las contribuciones de sus cultores en el desarrollo de la sociedad, lo cual sería útil para “fortalecer y mantener viva una expresión a la cual le han dado pocas oportunidades para sobrevivir”.

 

Frente a la problemática diagnosticada por la investigadora Consuelo Posada y ante la falta de interés por las manifestaciones culturales vernáculas, de las que hablan el folclorista Ricardo Olea Hernández y los profesores Rubby Castro y Jose Palomo una pregunta surge:  ¿por qué siendo la décima una manifestación cultural universal en el mundo hispano, valorada en otros países donde se ha articulado a la música y es estudiada rigurosamente por los liguistas, ésta manifestación cultural y sus cultores han merecido en Córdoba tan poca atención por los medios constructores, difusores y masificadores de cultura, no obstante ser uno de los pilares de la cultura local?

 

En lo que concierne al trato marginal, que creemos que está recibiendo la décima en los medios  constructores, difusores y masificadores de cultura (universidades, colegios y medios de información), hay que preguntarse: ¿Cómo se podría superar esa apatía frente a una de las manifestaciones más esplendidas y refinadas de la cultura local? De esas preguntas esperamos ocuparnos en otro artículo, en el que contaremos la historia de vida de otro decimero cordobés.

 

En cuanto a Marceleano Mejía Carmona, de las seis personas  – entre 15 consultadas- que contestaron nuestro cuestionario, el único que nos dio una apreciación precisa sobre este decimero fue el folclorista Ricardo Olea Hernández. Según Olea, de entre los tres géneros de decimeros que existen, Marceliano Mejía es un decimero intérprete: es decir un decimero que “canta décimas de otros decimeros y que se caracteriza por la musicalidad, la modulación, la teatralidad, el timbre de voz y su capacidad de memorización”. Olea asevera que Mejía “es el juglar vivo, que lleva más años cultivando el arte de la décima en el país”, pues Mejía es “quizás el decimero más viejo de todos los que hoy existen no solo en Córdoba sino en Colombia”.

 

Sobre las cualidades artísticas de Mejía Olea afirma de manera enfática: “Según mi parecer de los decimeros que interpretan obras de otros decimeros, Marceliano Mejía Carmona está entre los mejores ya que también es interprete del grito de monte y del canto de vaquería, cualidades que comparte con el también decimero interprete Juan Doria Durango. Marceliano Mejía es uno de esos intérpretes, que a lo largo de su vida ha sido un hombre muy espontáneo. Sin importar cuales sean las condiciones que se den para subir a una tarima a dar a conocer las obras que interpreta, con especial calidad, él siempre sube. Es un amigo muy especial, que se ha paseado por muchos eventos dentro y fuera del departamento, divulgando con su estilo único las obras con las cuales se identifica. Tiene un olfato único para identificar plenamente una obra de calidad, porque, eso sí, él sabe cuándo una décima es buena. Él siempre sabe que décima puede tener buena aceptación en el público y esas son las que da a conocer con la gracia de su voz y el tinte personal que caracteriza sus interpretaciones”.

 

Merceliano Mejía: una vida dedicada al uso de la palabra


Marceleano Mejía delante su casa del bario El Dorado de Montería. Foto: Carmen Humanez Blanquicett 

 

Mi nombre es Marceleano Mejía Carmona. Nací el 14 de mayo de 1919 en la vereda La Estaca del municipio de San Andrés de Sotavento. Mis padres fueron Pedro Mejía Montalvo y Manuela Carmona. Mi padre se dedicaba a la agricultura y mi madre se dedicaba a lavar ropa ajena, a pilar maíz y a hacer bollos por encargo. Ella era buena bollera por eso la buscaban siempre para preparar ese tipo de alimento. Mis padres eran muy pobres pero trabajadores. En el año 1930, cuando yo tenía 11 años, mi padre se fue a Barranca Bermeja con la ilusión de engancharse en La Troco: la petrolera gringa, que había cambiado, en un abrir y cerrar de ojos, la vida de ese caserío santandereano, perdido en la selva del Magdalena Medio. Desafortunadamente mi padre no encontró en ese viaje lo que fue a buscar: la fortuna, sino la muerte. De regreso a casa, el carro en que viajaba se volcó. Mi padre se mató en ese accidente y me dejo solo en este mundo. Fue mi abuelo paterno quien me dio la noticia de que mi papá había muerto. Como no había medios de traerlo a la casa, lo enterraron en Buenavista, un pueblo que queda antes de llegar a Magangue. Por causa de ese accidente yo quedé huérfano de padre siendo muy niño. Ante la falta de padre, fue mi madre la que me crío. Como no teníamos dinero, nunca fuimos a visitar su tumba. Mi abuelo, que hubiese sido el que hubiese podido organizar el viaje para irlo a ver, nunca fue a verlo. Mi mamá tuvo otros tres hijos antes de irse a vivir con mi papá y de tenerme a mí. Uno de mis hermanos se llama Ricardo Martínez. Como no tenía padre, tuve que comenzar a ganarme la vida muy temprano. Fue así como llegué a vivir al pueblo de San Andrés, cuando tenía apenas 15 años. De allí me fui un tiempo después y me terminé de crear en Sincelejo. Como mi abuelo tenía una estancia, yo aprendí desde los 12 años a sacar panela y fue haciendo panela como me levanté yo.

 

San Andrés es una región donde la mayoría de la población es indígena, por eso mi madre tenía algo de indio por parte de su mamá. En lo que toca a la familia de mi padre, estos eran blancos, porque mi abuelo era hijo de unos cachacos, que habían venido de Antioquia.

 

De niño yo fui a la escuela, pero solo hice hasta el quinto año elemental. En esa época no había colegios públicos en los pueblos, por eso estudiar era un lujo que se daban pocos.  Las familias que tenían modos iban a buscar un profesor a otra ciudad y prestaban una de las piezas de la casa o una casa entera. Allí se abría el colegio. A veces era el profesor quien venía, buscaba a una de las familias que tenían más modos, prestaba la casa y salía a recoger 20 o 30 niños, que le pagaban una mensualidad por aprender a leer, a escribir y a contar. Uno aprendía en general las tres operaciones. En ese tiempo mi mama pagaba 50 centavos al mes por mis estudios. Yo era un estudiante muy inteligente. A mí me ponían una lección y era en ya que me la aprendía. Cuando llevaba dos o tres meses en la escuela, yo le daba clase a otros alumnos. Con lo poco mucho que aprendí me he bandeado bien en la vida. ¿Qué tal que yo hubiera tenido más estudio? Solo alcancé a aprender apenas una cuantas letricas, que aprendí en un libro que se llamaba Pasilla, que era la cartilla popular en ese tiempo. Lo mío, mi inteligencia, es natural. Por eso el resto de lo que aprendí, lo aprendí por mí mismo.

 

Lo de cantar y hacer la décima fue algo que me nació de repente. Lo escuché un día y me gustó y fue así como me metí a cantar decima. Antes de la décima yo estaba con los conjuntos de música de la época. En ese tiempo era solo caja, bombo y acordeón. No había la guacharaca. Eso se lo pusieron fue después. En mis comienzos, en los conjuntos yo cantaba: era el vocalista. Cuando comencé, como era bueno haciendo versos, me buscaban para cantar, componer canciones y echar piropos. Como después venían apareciendo contadores, que eran cantadores grandes, me quede de decimero. Cuando vino la guacharaca, yo cogí la guacharaca. Actué algunas veces con "+"Calixto Ochoa, conocí toda esa gente que andaba con él en la música allá en Sincelejo, fui amigo de "+"Lisandro Mesa de Julio de la Hoza, de "+"Alfredo Gutiérrez. Alejandro Duran fue casi un maestro mío. Donde estaba Alejandro estaba también yo. Así que me quedó mucho de Alejandro Duran. Durante mucho tiempo, esa fue mi vida y no me fue mal con la décima, no señor.

 

Cuando yo era niño y me llevaban a las fiestas de los pueblos y había un decimero, yo me paraba a oírlo porque me encantaba la manera como cantaban los decimeros. Eso me gustaba tanto que yo me ponía a repetir para mí mismo sus cantos. Yo nunca tuve contacto con los decimeros que veía en ese tiempo. Lo que pasaba era que en ese tiempo uno no le podía preguntar a los viejos nada, porque uno les tenía miedo y yo, como era un pela’o, nunca le pregunté a los grandes quienes eran esos decimeros. Por donde yo andaba había un señor que llamaba Domingo Márquez, que además de rezandero, era decimero. Un día  yo le dije bueno maestro y usted porque no me enseña una de esas décimas, porque yo quiero ser un decimero. Y él me dijo: “vengase pa’aca que yo le doy una décima a ver qué pasa”. Y fue así: él que me da la décima y eso fue ya que yo me la aprendí. Esa décima es una reliquia que tengo yo grabada en el CD que nos grabaron a varios decimeros hace poco. Por esa primera décima que yo aprendí, en Lorica me dieron una vez 200 000 pesos. Me estaban entrevistando y me preguntaron que si yo tenía esa décima en la mente y yo le dije al periodista: “claro que si la tengo en la mente”. El tipo me dijo: ¡cántela! Era la una de la mañana y me puse a cantarla delante de la gente. Unos tipos de plata recogieron entre ellos y me dieron 200.000 pesos. Esa décima ha sido una de las que me ha llevado a ocupar un lugar entre los grandes de la décima.

 

De las décimas que canto, muchas son de mi autoría y otras son buenas décimas, que han compuesto mis compañeros, de los que muchos ya son fallecidos. A mí siempre me ha gustado cantar las decimas de grandes compositores. Entre ellos estaba uno llamado Rafael Pérez López. Un día él me dijo: “el día que yo me muera no dejes de cantar lo mío, para que no se pierda. Si algún día grabas, no te olvides de grabar una de mis décimas”. El problema es que no he podido gravar. Tengo dos décimas de él y otras 10 décimas que quiero gravar, pero eso no ha sido posible. Entre esas décimas que quiero grabar está la décima El indio americano, que él compuso cuando los extranjeros vinieron y masacraron a los indios. Ese tipo era mi amigo: ¡todo un cerebro oyó! Una vez le gané en un festival y se puso bravo conmigo. Él se peleó conmigo, pero era un maestro.

 

Todas las décimas que canto están en mi memoria. Me gustan más las décimas románticas, pero canto de todo lo que me pidan y todas están en la cabeza. Yo tengo una agenda con unas 250 décimas escritas. En la familia tengo un nieto que canta y ya tiene trofeos que ha ganado. Tengo 6 nietos que cantan en las escuelas donde estudian. Hoy tengo 93 años y a mi edad todavía yo puedo componer. También puedo cantar, porque tengo una voz privilegiada, que se conserva a pesar de los años que tengo. Mucha gente me felicita por la claridad mental que aun mantengo. Y gracias a Dios todavía me siento bien.

 

Cuando se habla de décima usted tiene que tener en cuenta que hay tres clases de décimas: la décima de argumento, la décima romántica y la décima de ocurrencia, que es para reírse. Esas tres son las que van a las plazas a competir. Pero la décima de estribillo, la décima de redondillo es la que vale, porque la décima que se cante de 10 o de 40 palabras no entra en ninguna parte. La décima que tenga 44 palabras y que tenga estribillos; es decir  la que llamamos una décima glosada, esa es la décima que tiene en cuenta el jurado. Yo tengo unas 3 o 4 décimas sueltas. Las demás son decimas completas, que se clasifican entre románticas y de ocurrencia. La composición de la décima también tiene su técnica. Por ponerle un ejemplo dos decimeros están compitiendo en improvisación y el jurado los invita a cantar supongamos sobre el tema “Para Colombia me voy A comer arepa”.  Cuando el primero dice:

 

M e voy para Colombia/

Tengo en la mano el tiquete de avión/

Estoy empacando la maleta/

Me voy para Medellín/

Estoy que me estallo de la emoción

Que todo el mundo lo sepa/

Pues para Colombia me voy/

A tomar ron y a comer arepa.

 

El otro debe hacer su verso y terminarlo con la frase “Para Colombia me voy a comer arepa”. A ese tipo de décima se llama pie forzado. El pie forzado es una modalidad corriente de la décima. Como le dije, el pie forzado es el último verso de la composición. Es ese último verso el que en realidad da pie forzado a toda la décima, porque los decimeros que compiten deben improvisar toda la décima en función de que desemboque, de manera vistosa, en ese último verso.

En una discusión con un jurado, yo una vez le dije: “entre los jurados de una competición deben haber muchos decimeros, porque un jurado debe saber cómo se canta verdaderamente la décima, porque a la hora de dar un veredicto hay que dárselo a quien se lo merece”. Le doy un ejemplo de cómo debe cantarse una décima:

 

Cuando el hombre llega a viejo/

Cuando el hombre llega a viejo/

Sufre ratos de amargura/

Se le tuerce su figura/

Y se le arruga el pellejo.



Marceliano Mejía Carmona: Video tomado dYouTube


Es el manejo de la técnica del canto de la décima, el que me ha permitido de ganarme casi todos los festivales de decimeros de la costa. Hubo un tiempo que le ganaba a todos y no tenía rival. La décima que acabo de cantarle no la he gravado pero si Dios quiere la voy a gravar este año. Después de la décima romántica, me gusta la décima de ocurrencia. En cuanto a la décima de argumento, esa es una décima muy grande, que no es para todo el mundo. Esa décima, cuando yo me levanté, no había muchos decimeros que la manejaran. En esa décima hay lo que se llamaba décima de argumento mayor, en la que el decimero tiene que manejar dos personajes: uno que pregunta cantando y otro que le responde también cantando. Esa decima es muy exigente y requiere de estudio y en aquel tiempo no había muchos hombres letrados. Yo conozco un decimero del Bajo Sinú, que les da décimas a otros cantadores. El no conoce una letra, pero compone ese tipo de décima, lo que es rarísimo. Él se llama Alirio. Hace ya como unos tres años que no lo veo. Voy a averiguar por él. Ese hombre es tan serio en su arte, que no toma trago.


Entre los decimeros que he conocido, hubo uno que fue muy amigo mío: se llamó el Poeta Berrio. Él y yo tuvimos un programa en la radio por tres años. Entre los grandes decimeros que hubo en el pasado estuvo el Indio Charrasquiel y Rafael Pérez López, de quien ya te hable. Él fue uno de los grandes decimeros de Córdoba y representó a Colombia en el exterior. Otros decimeros famosos que hubo fue Chucho Quintero, un abogado llamado Alejandro Martelo Escobar, que murió en Cartagena cantando en una tarima. En Sucre estaba el Indio Romero, del que tengo una décima en el CD, que grabé. Él fue muy buen decimero: fue mi maestro. Ya murió también. A él fui a buscarlo después de 50 años de no verlo, porque me dijeron que todavía estaba vivo. El día que lo encontré, lo primero que le pregunté fue: “¿y todavía canta?” Y me dijo: “no ya no canto”. A mí me habían dicho que él no había vuelto a cantar porque se había vuelto evangélico. Después, lo saludé y le pregunte: ¿se acuerda de mi maestro”. Y él me dice: “No. ¿Con quién hablo?”. Cuando me di cuenta que en verdad no se acuerda de mí, le dije: “Cuando yo era joven nosotros andamos mucho tiempo juntos, ¿Usted no se acuerda?” El hombre no alcanzo a recordarse. Me da un poco de lástima, porque fue uno de los grandes cantadores de Sucre y hoy está olvidado.

 

Entre los del presente recuerdo –en este momento- los nombres de "+"Dionisio Rodríguez y Pedro Nel Rodriguez. Éste último compone mucho y lo hace bastante bien. En Barranquilla está Gabriel Segura, que perdió conmigo en un festival de Caucasia, y Yamid Sandoval. En esa tierra hay muchos decimeros, que cantan muy bien la décima pero no son famosos. Hasta ahora yo he sido uno de los que más he represento a Córdoba a lo largo y ancho de la costa. Tengo aquí en mi casa muchos de los trofeos de los festivales que he ganado en todos lados. He participado en los festivales de San Jacinto, de San Juan de Nepomuceno, de San Onofre, de Sincelejo, de Lorica, de San Andres de Sotavento, de San Bernardo del Viento, de Arboletes, de Puerto Libertador, de Monte Líbano, de Buenavista, de Caucasia y de Pelayo, en el Festival del porro. También he participado en los festivales de Sabana Nueva, en el festival de El Carito, que es un festival de tradición oral, en el Festival del Bullerengue, en Puerto Escondido, en Buenavista, en el festival del Mapalé, y en el Festival de la Cumbiamba de Cerete. Uno de los mejores festivales de décima que conozco es el de Sabana Nueva. Son dos días, en lo que se oye solo décima. Había otro muy bueno en el Atlántico, en Campo de la Cruz, pero ese festival cayo. Ya no lo hacen. En los demás festivales se mete la décima, pero no son propiamente festivales de décima.

 

Pedro Nel Rodríguez, decimero del Alto Sinú. Foto:  Ricardo Holea Hernández

Se dice que la décima no es colombiana, pero vino y se quedó aquí en Colombia. Se dice también que la décima que aquí se canta, es una de las mejor cantadas en todo el mundo hispano, porque no necesita de instrumentos ni nada. La décima la inventó Vicente Espinel y por eso se le llama Décima Espinela. Es necesario que te precise que entre la décima, la trova y la colpa hay muchas diferencias. Las trovas son coplas de 4 palabras en las que tú me dices y yo te digo. La trova y la copla son casi lo mismo, lo que pasa es que cada una tiene su tono. En cambio la décima tiene diez palabras. La piquería es una competencia en verso entre dos tipos: eso puede hacerse en copla, en trova o en décima.

 

A pesar de que la décima no es colombiana se le ha dado un auge grande aquí. De Colombia, es Córdoba la región de donde salen los mejores decimeros. En Córdoba, Sucre y Bolívar, la región que comprende Lorica, Momil, Puricima, Sinscelejo y San Jacinto, es tierra de músicos y decimeros. En esta tierra los niños y hasta las mujeres cantan décima. Según la historia de los abuelos, la décima que inventó en España Vicente Espinel, la trajeron aquí los conquistadores. Nuestros antepasados la aprendieron al mejor estilo español. Ese estilo se ha conservado y se transmite cuidadosamente a las nuevas generaciones. Yo tengo un semillero de 10 muchachos que cantan décima. Entre ellas tengo 4 niñas. Una de ellas ya está casada. En ese grupo tengo una nieta, que salió buena para componer la décima y le gusta cantar sobre todo la décima de ocurrencia. Ella ha ido a Bogotá con la décima.

 

Gracias al entusiasmo que han mostrado siempre los muchachos por la décima, ésta es hoy uno de los grandes patrimonios culturales del Sinú y del Bolívar grande, porque cuando yo nací todo esto era Bolívar. En la discusión que yo te dije que tuve con el jurado, yo le decía a él que la décima del Sinú es la mejor décima cantada que existe en la costa. En el pasado eso era un coro que se hacía: a eso se le llamaba cantata, pero eso se perdió. Hoy nadie canta como antes. El patrimonio folclórico de Córdoba se ha venido perdiendo. Por ejemplo hoy nadie toca pito como lo tocaba Marcelino Vertel. Ese fue un grande de la cultura regional, al que nunca le dieron nada. Hubo un conjunto de músicos tradicionales, que lo llamaban El conjunto de los hermanos Izquierdo. Ellos tocaban un tamborcito y un arco sonoro con una cuerda, que se lo inventaron los indios cuando no había nada. Ellos salieron del país, estuvieron en Cuba. Pero aquí nunca nadie valoró su arte. Por eso se perdió esa tradición. De eso no quedó nada. Recuerdo ahora mismo a una compañera artista, que murió hace un año: ella era la única cantadora de canto de vaquería. Se llamaba María de los Santos Solipá. Con ella trabajamos 25 años juntos por la cultura tradicional cordobesa. Fuimos a Bogotá, estuvimos en Medellín, viajamos a Barranquilla. En Bogotá tuvimos entrada en una feria famosa que allí se hace. Ella obtuvo muchos premios y le dieron siempre sus cositas, pero nunca la valoraron como se debió. Otros artistas locales importantes, de los que hoy nadie se acuerda fueron Lucy González con su familia, al igual que artistas como Ramiro Guerra.

 

Algunos festivales locales se están preocupando por abrirle espacio a las nuevas generaciones, como el festival de acordeoneros y compositores que hay en Chinú. Allí se  han presentado muchos muchachos y niñas que cantan la décima. Me han dicho que en Buenavista hay un profesor que tiene unos niños, que también cantan la décima y la componen. Pero definitivamente, es en el Bajo Sinú, particularmente en Sabana Nueva, donde se encuentra el mayor grupo de niños y niñas que cantan décima. Yo, aunque no soy uno de los grandes, si estoy seguro que le he dado mucho realce a Córdoba, donde quiera que he estado representándolo con mi arte.

 

Conclusión

 

Cuando se revisa de manera detallada la historia de la cultura popular del Caribe hispano, la décima emerge –a lo largo y ancho de esta región- como una de las manifestaciones culturales más arraigadas en el medio popular, particularmente en la sociedad rural. En el Caribe hispano, a través de la historia, la décima se ha cruzado con otras manifestaciones culturales: particularmente con la música. La mescla de décima y música en muchos países de esta región: sobre todo Cuba, Puerto Rico y Venezuela, ha hecho de la décima uno de los elementos claves en el desarrollo de las músicas nacionales. En el noroccidente del Caribe colombiano: Atlántico, Bolívar, Sucre y Córdoba, la décima hace parte, de manera evidente, del acervo de tradiciones culturales locales. En esa región, tanto en el pasado como en el presente, el principal público interesado en esta manifestación cultural sigue siendo la población de origen rural y los habitantes de las pequeñas ciudades. En lo que concierne a sus cultores, éstos provienen de diversos horizontes, pues así como encontramos entre ellos campesinos semi-letrados, también encontramos personas educadas.


 

Wascar Cantero, decimero del Bajo Sinú. Foto:  Ricardo Holea Hernández  

El universo de la décima en la región estudiada está caracterizado por la masculinidad, pues la mayoría de sus cultores son hombres. En esta región se cultivan tres tipos de décima: la décima de ocurrencia, la décima romántica y la décima de argumento. Los decimeros cordobeses se clasifican en tres grupos: 1) el decimero interprete, decimeros que cantan e interpretan décimas de otros decimeros; 2) el decimero escritor, que solo se dedica a escribir décimas o bien para publicarla o bien para entregarlas a otros decimeros para que éstos las interpreten y; 3) el decimero repentista, decimero que escribe, canta e improvisa décimas. En cuanto a Marceleano Mejía Carmona, válganos decir que las diferentes fuentes consultadas a nivel local, nos permiten de considerar que este decimero es una de las figuras más importante de la décima en el Caribe colombiano, en la segunda mitad del siglo XX.

Investigación y redacción: Enoïn Humanez Blaquicett, Montreal, 28 de diciembre de 2012, derechos reservados de autor.



[i] Maximiliano Trapero, «Introducción a La décima: su historia, su geografía, sus manifestaciones », Publicado en La décima: Su historia, su geografía, sus manifestaciones, bajo la dirección de Maximiano Trapero, Santa Cruz de Tenerife: Cámara Municipal de Évora / Centro de la Cultura Popular Canaria, 2001, p 9-14, consultado el 16 de noviembre de 2012 en http://www.webs.ulpgc.es/canatlantico/pdf/8/8/decima_historia.pdf
[ii] William Fortich Díaz, «La décima crece como  poesía viva a orillas del Sinú »; estudio inédito de 35 páginas facilitado por el autor.
[iii] Maximiliano Trapero, « La décima popular en la tradición hispánica », Publicado en La décima: Su historia, su geografía, sus manifestaciones (coord. Maximiano Trapero). Santa Cruz de Tenerife: Cámara Municipal de Évora / Centro de la Cultura Popular Canaria, 2001, 61-100, consultado el 17 de noviembre de 2012 en http://www.webs.ulpgc.es/canatlantico/pdf/8/8/popular_tradicion_hispa.pdf
[iv] Luis Manuel Alvarez, « La décima en Puerto Rico como símbolo de identidad nacional», Conferencia ilustrada presentada en Valledupar en el Foro Internacional sobre la Décima celebrado del 27 al 28 abril del año 2001, consultado el 19 de noviembre en http://home.coqui.net/alvarezl/la_decima/decima.html
[v] Juan Francisco Sans, “Inocente Carreño: un tropator del siglo XXI”, documento sin fecha, sin lugar de edición y sin editor, 20 p. consultado el 16 de noviembre en http://www.musicaenclave.com/articlespdf/inocentecarreno.pdf
[vi]Maximiano Trapero, « La décima popular en Canarias: sus modalidades de usos, su historia y su actualidad», publicado en Lenguajes de la tradición popular (Fiesta, canto, música y representación), bajo la dirección de . Ivette Jiménez de Báez, México: El Colegio de México, 2002, p. 351-371, consultado el 16 de noviembre de 2012 en http://www.webs.ulpgc.es/canatlantico/pdf/8/8/popular_Canarias.pdf
[vii] Juan Gossain, La Balada de María Abdala, Bogota: Planeta,  2005, 198 p.
[viii] Rubby Castro Puche de Caicedo, «La sinuanidad : reflexión filosófica para la construcción de una identidad cultural a partir de lo local», Sinuanidad: la reflexión cultural, año 1 No 1, p. 14-23.
[ix] Benjamín Puche, «Refranes, coplas y décimas en la tradición oral», Sinuanidad: la reflexión cultural, año 1 No 1, p. 40-44.
[x] Friedrich Nietzche, El nacimiento de la tragedia: ensayo de autocrítica, p. 5, 6, 7,  material consultado en: http://www.edu.mec.gub.uy/biblioteca_digital/libros/N/Nietzsche%20-%20Nacimiento%20de%20la%20tragedia,%20El.pdf
[xi] José Palomo Zurique, “Del ser sinuano y la sinuanidad», Sinuanidad: la reflexión cultural, año 1 No 1, p. 35-39
[xii] Consuelo Posada, «La décima cantada en el Caribe y la fuerza de los procesos de identidad», Revista de Literatura Populares III-2 (2003): 141-154, consultado en el 25 de septiembre en http://www.rlp.culturaspopulares.org/textos/6/08-Posada.pdf
[xiii] Maximiano Trapero, «La décima popular en la tradición hispánica», 2001, Op. Cit. sin paginación interna.
[xiv] Ibidem.

martes, 22 de mayo de 2012

Testimonios



Foto de la vitrina de La casa de los espantos, Niagara Falls, Ontario, Canadá 

Esa mañana dominical estaba mirando, solo por pasar el tiempo, los titulares de las noticias que traía el periódico de mayor circulación nacional. Mientras desayunaba y ojeaba el matutino, meditaba en el discurso que daría esa tarde a los fieles de mi congregación. Aunque faltaban ocho horas para mi presentación, como ninguna idea me pasaba por la mente, había comenzado a preocuparme. De un momento a otro una voz comenzó a interferir la circulación normal de las ideas en mi mente:
-  ¿De que vas a hablar esta tarde en tu predica?, machacaba a cada momento con su tonito zumbón.

Para desactivar el círculo vicioso que me imponía ese pensamiento parásito, que se apoderó de mí y no me dejaba reflexionar tranquilo, traté de conectarme con mi espíritu. Desde allí otra voz me aconsejaba con dulzura:
-  No te preocupes, que ya Dios te mandara un tema interesante para tu homilía.

Buscando hacerle el quite a los pensamientos obsesivo-compulsivos seguí saltando por los titulares del periódico, sin prestarle atención a ninguno. Navegaba por las páginas del diario –con la dificultad de una barca en los meandros de una ciénaga- cuando de repente vi, en un pequeño recuadro, en letras de molde, el titular de una noticia que atrajo mi atención:
-  ‘‘Próximo primero de mayo será beatificado el Papa Juan Pablo II, anunció  el Vaticano’’.

En mi mente se pusieron a dar vuelta todos los prejuicios dogmáticos que nos hemos ido construyendo los protestantes sobre la Iglesia católica: “gran ramera”, “secta adoradora de ídolos falsos”, “camino equivocado para seguir a Cristo”, “compendio de doctrinas idolatras”, etc. Me iba perdiendo en ese barullo de incoherencias teológicas, cuando de pronto me acordé de una de las reflexiones más lúcidas del futuro beato: “Ni el cielo ni el infierno existen como lugares físicos. Sólo existen como lugares espirituales. El cielo descrito con tantas imágenes en las Escrituras no es una abstracción entre las nubes, sino una relación viva y personal con Dios. El infierno existe y es una verdad de la fe. Pero no es un lugar físico, sino un estado del alma; un modo de ser de la persona, en la que ésta sufre la pena de la privación de Dios”.

Tenía la intención de ponerme a reflexionar sobre esa elucubración del, en adelante, Beato Juan Pablo II, cuando en la radio una vos bien entrenada comenzó a contar un cuento japonés, que terminó de descuadernar mi estado de ánimo. El narrador comenzó diciendo que una vieja leyenda budista afirma que “el hombre puede ser Dios si se lo propone y demonio si lo dispone”.

A reglón seguido el cuentero comenzó a relatar que en un pueblo perdido, en las montañas de una de las islas del Japón, habían dos hombres: uno reputado por ser un individuo absolutamente perverso y despiadado, que hasta la mención de su nombre infundía temor en la gente,  y otro afamado por ser un ser sabio y sensato, que sentía piedad y prodigaba respeto hasta por las creaturas más insignificantes de este mundo. Un día en una calle del pequeño poblado se cruzaron esos dos hombres, que representaban en realidad dos mundos completamente opuestos. Para amargarle la vida al hombre sabio y piadoso, que lo había ignorado, el hombre perverso y despiadado trató de detenerlo, lanzándole, de manera brusca e incivil, una pregunta, que a su juicio era difícil de contestar, incluso por el más sabio de los seres humanos.
-  Oye tú, que tienes fama de saberlo todo en este mundo, si es verdad que todo lo sabes contéstame inmediatamente esta pregunta: ¿Existe Dios y si es verdad que éste existe, que hago yo para hablar personalmente con él?

El hombre piadoso y sabio, sin mirarlo y sin detener su marcha le contestó:
- Hombre necio y desadaptado, no tengo tiempo para perder contigo dándole respuesta a preguntas estúpidas.

El hombre perverso y despiadado montó en cólera y, sin pensarlo dos veces, alargó su brazo y tiró al asceta del kimono por la parte trasera.
-  ¡Ven acá, viejo!, le dijo en tono despectivo, parece que tú no te has dado cuenta de con quien estás tratando. ¡O tú me pides disculpas inmediatamente por la ofensa que me has hecho o yo te rebano el cuello con mi cuchillo!

El monje se dio la vuelta lentamente y mirándolo fijamente a los ojos le dijo, sin ningún asomo de temor:
-  ¡En realidad yo no tengo nada porque disculparme! Si me quieres matar mátame. Mi posición frente a la muerte hace rato yo ya la tengo resuelta. ¡Morimos el día que nacemos querido amigo! Contrario a mí; eso te lo aseguro, tú le tienes pavor a la muerte. Si tú me matas hoy yo descansaré. Tú, en contra partida, quedaras vagando en este mundo, enfrentado a los ataques de tu conciencia, que no cesará de recordarte que eres un demonio, cuyo lugar está en el infierno, porque mataste a un hombre indefenso.

Sorprendido por la retahíla que el otro venía de soltarle a quema ropa, el hombre perverso y despiadado adoptó una postura inédita en su vida. Con el semblante descompuesto comenzó a espetar en tono vacilante:
-  Hombre perdóname si te he ofendido. Yo en realidad no quería contrariarte. Sólo quería saber si Dios existe y si hay algún camino que me permita acercarme a él de manera directa.

-  Pues déjame decirte dos cosas, replicó el ermitaño: Cuando tú te empeñas en hacer el mal y en destruir la vida de los otros, tú eres un completo demonio que haces de tu vida un infierno. Al contrario, cuando pides disculpas por tus ofensas y te esmeras en respetar a tu prójimo, tú comienzas a transitar el camino que te lleva a Dios. Es más, si tu perfeccionas esa práctica, con el tiempo tu mismo te convertirás en Dios.

En mi cabeza chocaron, con la fuerza de dos placas tectónicas que se embisten, la moraleja de ese cuento y los argumentos del difunto Pontífice.  El saludo de dedicatoria de un porro, que sonaba a todo volumen en el equipo de sonido del vecino, vino a agravar las cosas. En la parte más alegre de la pieza musical un hombre, con el acento de los campesinos del Bajo Sinú, dijo: “Daniel Alfredo Naranjo, si es verdad que el diablo existe tiene que estar vestido de mujer”.

Sin darme cuenta una hoguera teológica había tomado vuelo en mi cabeza. El fuego se expandía rápidamente. Las llamas habían dado lugar a una conflagración de proporciones monumentales. El incendio devoraba mi espíritu, segundo tras segundo, sin dejarme ninguna salida. Para escaparme de la deflagración por una parte segura abrí mi biblia y comencé a leer el primer versículo que vieron mis ojos. No había leído cinco palabras del libro sagrado cuando caí en cuenta, para mi gran sorpresa, que en el texto que examinaba, Dios era hombre. Sin darme tiempo de elaborar otra conjetura, mi raciocinio me impuso una conclusión aparatosa. ¡Oh Dios!, no podía creerlo, pero acababa de descubrir una nueva ley  teológica, condensada en un gracioso silogismo. Dios y el Diablo existen. Si existen, tienen sexo. La Biblia dice que Dios es hombre, pero no establece con claridad el sexo de Satán. Si en la naturaleza existen dos sexos, no se conoce de seres asexuados y el Sexo de Dios es masculino, entonces el diablo es de sexo femenino y está representado en la mujer.

-  ¡Santo cielo!, exclamé angustiado, ya entiendo porque fue Eva la que indujo a Adán al pecado…

Arribar a esa conclusión me produjo una profunda consternación. De un minuto al otro sentí que comenzó a faltarme el aire y el cuerpo se me paralizaba. Una legión de suposiciones se había tomado por asalto mi cabeza y me estaba estrangulando sin que yo opusiera resistencia. En un acto desesperado, tratando de escapar de ese marasmo mental, grité a voz en cuello:  
 -  ¡Señor, Señor, qué caos!...

Tomándome la cara con las manos, flagelado por la aflicción, clamé:
-  Padre, ten piedad de mí y sácame de esta tormenta, que aún no tengo tema para mi predica de hoy.

Con el pretexto de deshacerme de esa ola de incoherencias, que había nublado por completo mi capacidad de razonar, decidí de salir a caminar un rato, para relajarme un poco y poder pensar en mi sermón de la tarde. Tomé mis gafas de sol, agarré mis llaves, me despedí de mi mujer y me eché a andar sin rumbo. No había caminado doscientos metros, cuando levanté la mirada para cruzar la calle y justo, allí, en la pared de enfrente, en negro sobre blanco, un graffiti me estrujó sobre la cara un anatema urticante:
-   El diablo no es tan malo como se afirma, lo que pasa es que los seguidores de Dios no cesan de hacerle mala prensa.

Escandalizado regresé a mi casa, entré en mi aposento, me eché boca arriba sobre mi cama y comencé a meditar. En ese momento me acordé de un testimonio, que el hijo del difunto pastor Maño Torres dio una vez en el centro de estudios teológicos. Sin dar tantas vueltas decidí que esa tarde, en vez de predicar, contaría, tal como él nos lo contó en la escuela de pastores, ese testimonio. La historia es la siguiente y la contaré en primera persona, porque así la contó quien la vivió.
 ***

Mi padre había llevado en su juventud una vida mundana y perdida, en la que abundaron, en cantidades superlativas, las mujeres de vida licenciosa, el licor, las drogas y el juego. Sumergido en el infierno del vicio y la desmesura, ese hombre pasó los mejores años de su vida. Allí, atrapado en el universo de la perdición, se encontraba aquel individuo el día en que una mujer le habló de Dios. Mi padre se sintió atraído por esa mujer, escuchó su mensaje y se convirtió a la palabra. Varios meses después, mi padre se casaría con la mujer que le presentó a Dios. Yo, amados hermanos, soy el primer fruto de esa unión.

Antes de que yo naciera, para evitarme los suplicios por los que él había pasado, mi padre decidió que yo sería predicador. Esa decisión lo llevó a tomar todas las precauciones del caso para que yo fuese entrenado, desde niño, en las artes de la oratoria religiosa, el conocimiento de los textos sagrados y en el manejo adecuado de la espiritualidad.

A pesar de que desde mi más temprana edad, hermanos, yo había sido educado para servir a la obra de Dios, para perfeccionar mis conocimientos en los temas sagrados, cuando cumplí 18 años, mi padre decidió de enviarme a cursar un seminario de profundización bíblica en una prestigiosa escuela religiosa, localizada en la pequeña ciudad de Cookeville, en el Estado de Tennessee. Interesado en que mi estadía allí fuera absolutamente productiva, mi padre se ocupó de que yo fuese alojado en la casa de uno de los pastores que dirigía el seminario bíblico. La suya era una familia absolutamente creyente, que llevaba una vida dentro de los cánones del puritanismo. No entraré a describir los mores propios de esa familia, porque no es el objetivo de este testimonio.

Como dicen aquí en nuestra tierra el Diablo siempre asecha hermanos y esta presto a inducirnos al pecado. El pastor y su mujer, que eran personas muy recatadas tenían tres hijas cuyas edades oscilaban entre los 18 y 23 años. Yo en la vida no había visto mujeres de una piel tan blanca, de unos cabellos tan claros y de unos ojos tan azules. Por su parte, ellas, así me lo ha confesado varias veces la menor de todas en esas largas conversaciones, que animan la vida cotidiana de toda pareja, tampoco habían visto –o mejor dicho tenido contacto directo- con un hombre de mis características. Como el diablo –desde el comienzo del mundo- ha hecho su trabajo a través de los deseos carnales, ellas –desde el primer momento- se sintieron tan atraídas por mí, como yo  me sentí por ellas. Yo, para evitar cualquier desliz, puse el tema en oración.

El dormitorio que me fue destinado quedaba en el ático, separado del resto de los dormitorios de los habitantes de la casa, que se encontraban todos en la segunda planta. Como estaba muy cansado, me fui a dormir inmediatamente después de la cena. No había cerrado bien los ojos cuando empecé a soñar que deambulaba en medio de una selva exuberante, poblada de árboles gigantescos, cargados de frutas apetitosas. La floresta estaba habitada por bandadas de pájaros exóticos y legiones de mujeres desnudas, que parecían seleccionadas en un reinado nacional de belleza de Venezuela. Cuando no se encontraban retozando la resolana sobre las piedras, en poses tan obscenas como esas que adoptan las modelos que se observan en los pecaminosos cuadros del pintor Harold Ortiz, se bañaban en las cascadas de los riachuelos, que surcaban ese decadente paraíso onírico.

Al verme, las divas comenzaron a caminar hacia mí, adoptando la actitud seductora de esas modelos que desfilan en las pasarelas de los desfiles de moda. Para ponerme a salvo del pecado tomé mi biblia, la abrí, leí un versículo y comencé a orar. Pero hermanos, la incitación a pecar era más fuerte que yo y mi carne flaqueó. Cuando iba a comenzar el ritual pecador, del cielo descendió un cono de luz de colores magníficos, que rodeó mi cuerpo, lo raptó y me llevó lejos de ese lugar de lujuria. En ese momento desperté. Para paliar la angustia, tomé mi biblia, la abrí, leí un versículo, oré durante un rato y me acosté de nuevo.

Me estaba volviendo a quedar dormido cuando una nueva pesadilla comenzó. Soñé que el propio Demonio entró por la ventana, me levantó de la cama a pulso, me tiró en uno de sus hombros, descendió las escaleras, atravesó la sala, abrió la puerta: yo gritaba pero nadie me oía, salió a la calle y me arrojó sobre el piso. En seguida tomó su trinche y se abalanzó contra mí. El arma del Maligno iba a atravesar mis carnes cuando yo dí tres rollos sobre el pavimento y, como impulsado por un resorte, me levanté. Sin pensarlo dos veces me eché a correr por un sendero escabroso, que se dirigía a la cima de una montaña. Estaba completamente desnudo y mi espíritu se encontraba minado por el sentimiento de la indefensión.

El paisaje era breñoso y estaba poblado por una vegetación plagada de espinos, zarzas, escaramujos y todo tipo de bejucos de tallos y hojas filosas y rasposas. A cada paso yo trastrabillaba y caía, me levantaba, volvía a caer y volvía y me levantaba. Detrás de mí, completamente desnudo, corría Belcebú con su tridente. La falta de aire comenzaba a asfixiarme. Las hojas de los bejucos, las espinas de los árboles y las rocas destrozaban mi piel en cada movimiento. Mi cuerpo lacerado y sangrante sudaba copiosamente y con el sudor aumentaba el ardor de mis heridas.

Cuando llegué a la cima de la montaña me encontré frente a frente con un abismo profundo. No podía intentar un desvió porque, a lado y lado, el camino estaba tapiado por sendas parelillas de rocas difíciles de escalar. No podía devolverme porque detrás de mí, con su trinche en la mano, estaba Satanás pisándome los talones. Como no tenía otra salida, me encomendé a Dios y me lancé al precipicio. Estaba a punto de tocar el fondo de la sima, cuando una parvada de ángeles vino en mi auxilio y me llevó a un lugar seguro. En ese momento me desperté azorado.

Para calmar mi angustia, tomé la biblia, leí un versículo y me puse a orar. Mientras oraba me fui quedando dormido. No había vuelto a conciliar bien el sueño cuando empecé a soñar que deambulaba por un sendero, que atravesaba un paraje de árboles y plantas desnudas, cuyas ramas eran mecidas de manera permanente por un viento helado. Caía una  llovizna pertinaz, que iba empapando sin prisa y sin pausa mí ropa. Una que otra confiera salpicaba de verdor la desolación tenebrosa, que gravitaba sobre ese paisaje desolado. Una bandada de gigantescos pájaros negros, que surcaba el cielo, pasó sobre mi cabeza, emitiendo sonidos horripilantes.

De un momento a otro comencé a subir una colina llena de cruces y losas fúnebres. Cuando gané la cima y comencé a descender vi a lo lejos una explanada. En el centro se encontraba una cabaña de aspecto confortable. Sin saber por qué, me dirigí hacia ella. Cuando llegué allí, como si éste fuese mi domicilio, gire el pomo de la puerta y entré con absoluta confianza. Dentro de la cabaña, al final de la sala, sentado en posición de lotus, se encontraba el Demonio blandiendo en las manos todos los libros sagrados. A su derecha las hijas del pastor, vestidas de sensual lencería, me aguardaban coquetas. A su izquierda, el pastor y su mujer celebraban mi llegada.

Resignado frente a los designios de mi destino me sumé al grupo, alineándome de lado de la pareja pastoral. Los dos, obsequiosos y festivos me invitaron a poseer sus hijas sin rodeos. El ritual de pecado iba a comenzar cuando escuché que alguien pronunciaba mi nombre. Abrí lentamente los ojos y, ¡oh sorpresa! Delante de mí estaba el pastor, su mujer y sus tres hijas, que habían subido a despertarme para que bajara a hacer la primera oración del día y a tomar el desayuno.

Avergonzado cerré los ojos. De nuevo comencé a deambular por un sendero, que atravesaba una selva de árboles exóticos, cargados de frutas apetitosas y poblada de aves fantásticas y mujeres desnudas. No les cuento más porque el resto ustedes ya lo saben.

***

Satisfecho de mi discurso cerré mi predica, diciéndole a mis feligreses que redoblaran su vigilancia, porque el diablo nos asecha hasta en los sueños. La seriedad de mi reflexión se echó a perder porque una mujer vestida de negro, que se encontraba en la mitad del templo, acotó con malicia:
-  Y los deseos de pecar pueden sorprendernos hasta en la casa del pastor.

Sin tener en cuenta que estábamos celebrando la solemnidad del culto, la congregación estalló en risas, sin detenerse ni un instante en la moraleja del testimonio que yo acaba de relatarles.



Enoïn Humanez Blanquicett, Montreal, Québec, verano de 2011.
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miércoles, 15 de febrero de 2012

El enamorado de Diana la Muerta




Mascara con plumas: Foto tomada en Smithsonian museum in African art collection, 28/12/2011


Y allá en la triste habitación sombría,
de un cirio fúnebre a la llama incierta,
sentó a su lado la osamenta fría
y celebró sus bodas con la muerta.


Carlos Borges


Fue bajo el ventarrón implacable de la última tormenta de nieve del invierno pasado, que me acordé de esa historia tremebunda que me contaba mi abuela, cuando era niño, con el fin de ayudarme a conciliar el sueño. Ella que nunca me dijo mentiras, afirmaba que los hechos habían sucedido hace más de ciento cincuenta años en uno de los pueblos de ese páramo inhóspito y friolento, donde su familia reinó en señorío, depuse que la Real Audiencia le encomendó al tatarabuelo de su abuelo la tarea de iluminar, con las luces de la fe católica, las almas impías de los indios salvajes que habitaban a cinco leguas a la redonda de su casa señorial. Mi padre; hombre de alma rustica, que nunca ha percibido los intríngulis literarios que yacen detrás de esa narración, siempre me ha dicho que esa historia la había inventado su madre, inspirándose en los versos sobrecogedores, compuestos por un vate costeño, en honor a su amada muerta. Rememorando sus argumentos, mi memoria evoca la voz tormentosa de Teodulo Gandul, declamando el primer verso de esa oda macabra, en las celebraciones del día del idioma en el colegio:



Una noche de misterio
estando el mundo dormido
buscando un amor perdido
pasé por el cementerio 



Mi tío José María, que es fanático de las metáforas de los boleros cantineros y borrachos; siempre pródigos en historias de amores enfermizos y tristes, argumentaba que no eran los poemas necrófilos de nuestro bardo melancólico los que habían estimulado la imaginación de la abuela. Según él, la vieja nunca fue amante de la poesía y sus conocimientos lingüísticos tampoco le alcanzaban para descifrar el mensaje lóbrego que se esconde detrás de las figuras churriguerescas de esos versos. Sostenía mi tío que los antecedentes de dicho relato había que buscarlos en los versos del bolero Bodas negras (youtube), del que mi abuelo se volvió devoto conspicuo, después que se lo escuchó cantar a Julio Jaramillo, en la primera rocola de la cantina del pueblo.



En una ocasión, durante la semana cultural del colegio se me ocurrió contar la historia delante de mis compañeros. La profesora Teofila Villadiego, que enseñaba gramática y literatura española, me dijo, al final de mi presentación, que esa historia le recordaba un pasaje del Altar de los Muertos, un cuento inigualable del neoyorquino Henry James. El profesor Cándido Favrau, que enseñaba francés en los grados superiores, la interrumpió diciéndole: “profesora nada que ver entre esa historia y la de James. El parecido de ese cuento es con el relato tenebroso de Guy de Maupassant, intitulado “La Muerta”. Mi primo Eduardo León, que ya tenía fama en la familia de ser una oveja perdida por sus gustos musicales, por la manera como llevaba siempre el pelo y por su estilo de vestir, después de escuchar la discusión de los profesores y recordar los argumentos de papá y el tío José María, decidió él también exponerme su descabellada hipótesis sobre el asunto. Para él “la abuela había imaginado su historia después de haber visto Thriller (youtube), ese video-clip espeluznante, que lanzó a la celebridad a Michael Jackson”.   



Hoy no me importa si mi abuela se inspiró del poema tétrico de Gabriel Escorcia Gravini, del bolero triste que escuchaba el abuelo, de los clásicos de la literatura del siglo diecinueve o de ese negro renegado, que protagonizó él solo la mitad de la historia de la música pop norteamericana del final del siglo veinte. En síntesis no me interesa si los hechos fueron reales o ficticios… Esta noche sólo me interesa complacerlos y por eso he decidido contarles ese cuento tal cual como me lo contaba mi abuela a la hora de dormir. Pues veo que están ustedes ansiosos de escuchar historias sombrías.



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En el pueblo todo el mundo lo conocía como el hombre que había perdido la cabeza por causa de un amor imposible. Pero para entender la verdadera dimensión de la tragedia vivida por ese infeliz  enamorado es necesario remontarse al origen de los hechos que dieron comienzo a esa novela dolorosa. Su desgracia comenzó el primer día del año escolar. Ese día entre los desconocidos que llegaron al colegio estaban él y ella. Los dos, por haberse sentado en las filas del centro, que eran también las que marcaban la frontera entre los sexos, se encontraban en bancas contiguas. Él, que sólo tenía diez años, sintió en su pecho el impacto certero de la flecha de cupido. Aunque a esa edad los hombres tenemos una noción muy vaga de lo que significa la atracción por esa cara opuesta a nuestra existencia emocional: la feminidad, él sintió por primera vez el hormigueo incomodo que se siente en el estómago cuando se tiene al alcance de la mano la mujer que nos gusta.



Ustedes me dirán que hace ciento cincuenta años no era normal –ni siquiera en las naciones más liberales de occidente- que niños y niñas compartiera bancas en un mismo colegio. Yo les diré, que hay ocasiones en que la teoría no encaja en la realidad y que las reglas tienen que dar paso a las excepciones. En los pueblos parameros donde nací, hasta hace más o menos cincuenta años, la única institución educativa existente era la escuelita de Doña Rita. En la única aula de ese plantel, la promiscuidad escolar era moneda corriente desde la época colonial. En ella niños y niñas compartían sus quehaceres sin reparar en las normas legales y sociales que los obligaban a ir a la escuela por separado. Él asunto se torna más complejo de explicar si tenemos en cuenta que en las sociedades rurales de la época, pocas familias se preocupaban de ofrecerles a sus hijas los rudimentos de la educación formal. ¡Ustedes lo saben más que yo!… hasta no hace muchos años predominaba esa concepción que sostiene que una mujer no necesita de ir al colegio para aprender a ser una ama de casa eficiente y una esposa y madre abnegada. Para ello sólo basta que tenga una progenitora y una abuela ejemplares. ¿Se acuerdan los hombres de lo que nos decían las mamás cuando comenzamos a frecuentar a las muchachas?
-      ¡Antes de decidirse por una mujer fíjense primero en la madre, porque así como es la mamá son las hijas! 


Para terminar con estas digresiones sobre la historia del mundo escolar del páramo, les diré que hace no más pocos años que ha llegado hasta nuestra comarca periférica el sistema público de educación. Antes de ese momento las familias, que querían brindarle una educación de mayor calidad a sus hijos, –sobre todo a los hijos varones-, los mandaban a los colegios de los curas y monjas, que quedaban siempre en las ciudades más importantes del altiplano. De allí, los que eran iluminados por la santidad, salían convertidos en clérigos y prioras. Los otros: aquellos que a pesar del esfuerzo de sus mentores y dómines continuaban manteniendo un espíritu lego, eran preparados para ocuparse de los asuntos profanos de este mundo temporal. Como en ningún pueblo del páramo había escuela de monjas y curas, los escolares de todos los sexos, edades y cursos compartían aulas –las niñas en un costado y los niños en otro- en las escuelitas de todas las Rita que decidían abrir su propio plantel. Allí fueron muchos los que aprendieron los principios elementales de la gramática castellana y las cuatro operaciones matemáticas.



Como sucedía siempre en el primer día de colegio, en los tiempos en que no existían la escuela maternal ni las guarderías, la algarabía producida por el llanto de los niños que llegaban por primera vez había enrarecido el ambiente. Sus gemidos lastimeros traspasaban las paredes y se escuchaban en las casas vecinas. Los que regresaban al colegio después de las vacaciones de fin de año corrían excitados al encuentro de sus viejos camaradas. Sus cuchicheos, gritos y carcajadas ahogaban las órdenes de una maestra diligente, que apelaba a todas sus energías para tratar de organizarlos en filas indias separadas:
-      Atención, los niños a la derecha, las niñas a la izquierda… ¡Rápido, rápido, que vamos a rezar la oración para empezar las clases, se le escuchaba vocear a todo pulmón.



A los dos, sus compañeros los recordaron siempre, porque fueron los primeros que corrieron diligentes a ocupar sus puestos en las filas. Como estaban entre los recién llegados no tenían cómplices que les ayudaran a evadir la autoridad magisterial. Hay otras coincidencias que sus condiscípulos jamás olvidaron: los dos entraron a segundo de primaria y los dos transpiraban una timidez y un silencio contagiosos. Quizás la soledad que siente todo niño cuando llega a un colegio extraño y la timidez ostensible de ella, fueron la causa primaria de su amor a primera vista. Por su parte él también se sentía solo y era tímido. Y como bien lo sentencia un viejo apotegma popular: “los iguales se buscan para hacer causa común”.



Semanas antes, en el pueblo todo el mundo se había ocupado de comentar abundantemente la llegada de sus respectivas familias. La familia de ella, propietaria de una de las estancias paperas más grandes del páramo, había llegado para quedarse. El patrón de la casa, cansado de vivir entre los matojos, la niebla y el anonimato que depara la vida en los parajes apartados del páramo, había comprado una casa en el borde de la plaza. El hombre había decidido mudarse con la familia al pueblo para ofrecerle a sus hijas una educación acorde con los nuevos tiempos y para relacionarlas con la gente decente. La familia de él estaba encabezada por un comerciante de baratijas, que subía y bajaba la cuesta, sin descanso, al mando de una recua de mulas menesterosas, cargadas de corotos. Interesado en darle a los hijos una educación aceptable, el hombre arrendó una casa a la orilla del camino real y allí su mujer instaló un taller de modistería, en el que se cosían vestidos para damas y señoritas.



Lo que sobrevino después de ese primer día de clases es de conocimiento público en el pueblo. Él intentó de seducirla por todos los medios y ella, según la dirección en que se moviesen los prejuicios de su familia, rechazaba o aceptaba sus cortejos. Según la opinión de los observadores más avisados, esos amoríos no tenían futuro, porque el padre de ella no los veía con buenos ojos. Desde que se enteró de esos devaneos puso todo su empeño en impedirlos. Por eso cuando ella cumplió diecisiete años la mandó a temperar sus caprichos a la hacienda ganadera de uno de sus tíos, que quedaba en las riveras del gran rió Yuma, con el propósito de alejarla definitivamente de ese amor inconveniente. Pero ese no era el sólo propósito del viaje. Cuando ella había cumplido catorce años sus padres habían convenido con sus tíos de casarla con uno de sus primos. Así que su estancia en tierra caliente se debía más que todo a la necesidad de ir preparando el casorio. Pero Dios, que es el que controla el destino de los seres humanos, había decidido otra cosa. Una noche, acosada por los requerimientos de la vesícula urinaria, ella se levantó con la intención de buscar una bacinilla para “hacer aguas menores”. Una serpiente venenosa, que la aguardaba en silencio en una de sus pantuflas, la mordió en un pie. Su muerte se produjo en cuestión de horas.



Cuando él supo la mala nueva se echó a la pena. Dejó de comer, descuidó su apariencia y se fue aislando paulatinamente de los vivos, hasta perder todo tipo de contacto con el mundo. El pueblo, que ya veía en él antes de los acontecimientos un ser extraño, lo declaró loco a raíz  del comportamiento extravagante, que asumió luego de la muerte de la amada. Como si nada hubiese pasado él continuó en su rutina, escribiéndole poemas y componiéndole canciones de amor, que le cantaba acompañadas de su tiple. Pero eso no era raro para nadie, porque él siempre se las había escrito y cantado, desde el primer momento, sin preocuparse por el que dirán. Lo raro fue que sus poemas y canciones ya no eran declamados ni cantados en las esquinas de la plaza ni en los callejones del pueblo, sino en el cementerio, delante de la tumba de la muerta. Su voz le cantaba y declamaba con la misma pasión (algunos dicen que lo hacía quizás con mayor intensidad) con la que le había cantado y declamado cuando ella estaba en este mundo. El día del entierro, después de que todos partieron a casa, él siguió allí delante de la bóveda recién cerrada, viendo secar el cemento. Después de ese día, así lo aseguraba la mayoría de los pobladores, tomó el cementerio como domicilio. Al pueblo solo venía en búsqueda de lo necesario. Sin tardarse demasiado regresaba presuroso y con mayores bríos a proseguir en su empresa descabellada: conquistar el corazón de la difunta. El enterrador refería que delante de la tumba siempre había un bouquet de flores frescas y centenas de apasionadas cartas de amor.  



Después de varios meses de llevar ese duelo absurdo, su piel se había vuelto lívida y su aspecto lúgubre. Al verlo errar sin rumbo y sin propósitos, la gente se preguntaba si era un muerto que regresaba con dificultad al mundo de los vivos, o si era un vivo que se esforzaba por entrar antes de tiempo al mundo de los muertos. Aguijoneados por el lado agorero que alberga el espíritu humano, muchos de los habitantes del pueblo comenzaron a sentir temor frente a esa figura espectral y desvalida que se paseaba entre ellos. La fobia llevó a los creyentes acérrimos a proponer la expulsión de esa alma impía del pueblo. O su inmolación en caso de que se resistiera a abandonarlo. Los más exacerbados comenzaron a ver en la persona de ese desgraciado la encarnación de uno de los jinetes del Apocalipsis. Los habitantes de otros pueblos del páramo comenzaron a considerar al pueblo como un lugar maldito. Afirmaban que la tierra, el aire y el agua de ese paraje volvía loca a la gente. Según sus conjeturas, el último cacique chibcha, en el momento en que era abatido por los soldados de Jiménez de Quesada, había proferido maldiciones contra los invasores. De acuerdo a lo que referían los más memoriosos, el indio cuando estaba muriendo dijo:
-      Por cada doscientos años de prosperidad conocerán quinientos de sufrimiento y tragedia.


Temerosa de cargar a cuesta con la mala suerte de ese caserío desventurado, la gente dejó de transitar por el camino real que lo atravesaba. En los corrillos se comentaba que el sólo nombre del pueblo despertaba zozobra entre los pobladores de otros lugares. Se decía que, preocupados por esa realidad inesperada, el gobernador y el obispo estaban preparando un ejército de templarios para acordonar los caminos que conducían a ese pueblo. La medida pretendía impedir la generalización de la desgracia en toda la comarca.



Agobiada por esas preocupaciones se encontraba la gente cuando llegó la navidad. Con el propósito de expulsar al maligno de su parroquia, el cura del pueblo, con el apoyo de sus superiores, comenzó a preparar unos ritos especiales para la noche de Noche Buena. El meollo de las ceremonias se mantuvo en secreto con el fin de evitar su conocimiento por las fuerzas del mal. Ese día la oscuridad comenzó a caer más temprano que nunca. A prima noche, el espantajo –como era llamada, de manera peyorativa, después de un cierto tiempo, por la mayoría de sus prójimos esa pobre alma atribulada - entró al pueblo arrastrando con dificultad su existencia de zombi.



Minutos antes de que comenzara la celebración de los actos litúrgicos organizados para festejar el natalicio de nuestro señor Jesús, todo aquel que estaba en el pueblo ese día lo vio atravesar la plaza, doblar en la esquina a la derecha y tornar a la izquierda sobre el camino real en dirección del campo santo. Aunque su figura se parecía a la de un ser humano, ese hombre no se parecía ya a los hombres. Apabullados por el temor los feligreses corrieron a esconderse en el templo. En pocos minutos las calles quedaron solas y la vida parecía haberse escabullido despavorida del pueblo. Un viento helado bajaba de las cuchillas de los cerros cercanos. Sus picos se fueron cubriendo de una niebla espesa, que iba ocultando lentamente la faz de la luna. Acongojados por el terror los perros comenzaron a aullar. Entre los matorrales del páramo, los avechuchos de mal agüero emitían su canto sórdido al amparo de las tinieblas. Minuto a minuto la noche se tornaba más oscura. El frió, que al caer la tarde era ya insoportable, castigaba sin contemplación la humanidad de los cristianos que habían osado asistir a misa.  Él mismo, que estaba ya acostumbrado a la atmósfera abominable que reinaba en el cementerio en las noches glaciales del páramo, notó algo tenebroso cuando atravesó la puerta de la necrópolis. Pero a pesar de ello no desistió en su empeño de celebrar la navidad por primera vez en compañía de su amada.



Cuando él se aprestaba a dar comienzo a su celebración solitaria, un pelotón de muertos, encabezado por su dama, irrumpió de entre los arbustos de los alrededores del cementerio, prorrumpiendo contra él insultos en lenguas muertas. Asustado, intentó escaparse por el camino que conducía a la casa del enterrador. Pero otro piquete de esqueletos le cerró el paso. Sin perder tiempo les dio la espalda, atravesó el cementerio y emprendió la fuga en dirección del pueblo. Detrás, pisándole los talones, iba esa tropa siniestra, blandiendo los vestigios que quedaron de su tiple y los tizones de su fogata convertidos en garrotes. Al pasar frente a la iglesia no lo pensó dos veces y se entró a ella. Al verlo entrar, los feligreses sacaron coraje de donde no lo tenían. Capitaneados por los gritos de combate que les lanzaba desde el pulpito el cura, se le abalanzaron encima. Qué ironía: los vivos, de los que formaba parte, no lo querían ya en su reino y los muertos, a los que buscaba integrarse, acababan de expulsarlo del suyo. Como impulsado por un resorte dio una vuelta sobre si mismo y salió de la iglesia con la velocidad de una saeta. Los esqueletos, que iban llegando al atrio, cuando lo vieron salir se le iban a arrojar encima. Pero en ese instante percibieron la presencia de los vivos. Al verlos, voltearon grupa de manera atolondrada y emprendieron la huida en dirección del cementerio. Los vivos, al percibir la presencia de los muertos, frenaron en seco y voltearon grupa en dirección del altar.



Después de esa noche nadie volvió a saber nada de él en ese caserío montañero. Pero algunas teorías se tejieron sobre su destino. Las beatas decían que el cura decía que cuando los muertos se dieron cuenta de que sólo él los perseguía, se regresaron lo capturaron, lo volvieron trisas y  deportaron su espíritu al purgatorio. El sacristán, que fue el último en entrar al templo, afirmaba que en el despelote que se formó cuando vivos y muertos se vieron las caras, él aprovechó y dobló por el primer callejón que encontró. De acuerdo con su testimonio, eso de nada le sirvió, porque allí, a la vuelta de la esquina, lo estaba esperando el diablo en persona, que cargó con él, en cuerpo y alma, alejándose a toda prisa en dirección del infierno. Trino Macana, que no vino esa noche a misa y cuya casa quedaba frente a los barrancos del Cañón de las Animas, afirmaba que él mismo lo vio lanzarse al vació esa madrugada desde lo más alto del precipicio. Lo asombroso es que nadie encontró jamás su cadáver. Fabio Trigal, que vivía en un pueblo vecino, juraba –la  mano sobre la Biblia- que ese hombre, agobiado por el desespero, se cortó la garganta con un cuchillo a la orilla del camino real. Según su versión, el cuerpo de ese desdichado fue devorado por las aves de carroña, porque la diócesis amenazó con excomulgar a aquellos que lo recogieran y le dieran sepultura. Cleotilde Cavanço, que tenía fama de bruja, aventuraba unas conjeturas igual de inverosímiles, pero más simpáticas. Rechazado por los vivos y perseguido por los muertos el enamorado de Diana, recibió el don de la vida eterna y desde ese día va de carnaval en carnaval, escondido detrás del disfraz de la parca, mofándose –al tiempo y por igual- de aquellos que osaron expulsarlo de sus respectivos recintos.


Enoïn Humanez Blanquicett, Sherbrooke, Québec, otoño de 2005.
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