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martes, 22 de mayo de 2012

Testimonios



Foto de la vitrina de La casa de los espantos, Niagara Falls, Ontario, Canadá 

Esa mañana dominical estaba mirando, solo por pasar el tiempo, los titulares de las noticias que traía el periódico de mayor circulación nacional. Mientras desayunaba y ojeaba el matutino, meditaba en el discurso que daría esa tarde a los fieles de mi congregación. Aunque faltaban ocho horas para mi presentación, como ninguna idea me pasaba por la mente, había comenzado a preocuparme. De un momento a otro una voz comenzó a interferir la circulación normal de las ideas en mi mente:
-  ¿De que vas a hablar esta tarde en tu predica?, machacaba a cada momento con su tonito zumbón.

Para desactivar el círculo vicioso que me imponía ese pensamiento parásito, que se apoderó de mí y no me dejaba reflexionar tranquilo, traté de conectarme con mi espíritu. Desde allí otra voz me aconsejaba con dulzura:
-  No te preocupes, que ya Dios te mandara un tema interesante para tu homilía.

Buscando hacerle el quite a los pensamientos obsesivo-compulsivos seguí saltando por los titulares del periódico, sin prestarle atención a ninguno. Navegaba por las páginas del diario –con la dificultad de una barca en los meandros de una ciénaga- cuando de repente vi, en un pequeño recuadro, en letras de molde, el titular de una noticia que atrajo mi atención:
-  ‘‘Próximo primero de mayo será beatificado el Papa Juan Pablo II, anunció  el Vaticano’’.

En mi mente se pusieron a dar vuelta todos los prejuicios dogmáticos que nos hemos ido construyendo los protestantes sobre la Iglesia católica: “gran ramera”, “secta adoradora de ídolos falsos”, “camino equivocado para seguir a Cristo”, “compendio de doctrinas idolatras”, etc. Me iba perdiendo en ese barullo de incoherencias teológicas, cuando de pronto me acordé de una de las reflexiones más lúcidas del futuro beato: “Ni el cielo ni el infierno existen como lugares físicos. Sólo existen como lugares espirituales. El cielo descrito con tantas imágenes en las Escrituras no es una abstracción entre las nubes, sino una relación viva y personal con Dios. El infierno existe y es una verdad de la fe. Pero no es un lugar físico, sino un estado del alma; un modo de ser de la persona, en la que ésta sufre la pena de la privación de Dios”.

Tenía la intención de ponerme a reflexionar sobre esa elucubración del, en adelante, Beato Juan Pablo II, cuando en la radio una vos bien entrenada comenzó a contar un cuento japonés, que terminó de descuadernar mi estado de ánimo. El narrador comenzó diciendo que una vieja leyenda budista afirma que “el hombre puede ser Dios si se lo propone y demonio si lo dispone”.

A reglón seguido el cuentero comenzó a relatar que en un pueblo perdido, en las montañas de una de las islas del Japón, habían dos hombres: uno reputado por ser un individuo absolutamente perverso y despiadado, que hasta la mención de su nombre infundía temor en la gente,  y otro afamado por ser un ser sabio y sensato, que sentía piedad y prodigaba respeto hasta por las creaturas más insignificantes de este mundo. Un día en una calle del pequeño poblado se cruzaron esos dos hombres, que representaban en realidad dos mundos completamente opuestos. Para amargarle la vida al hombre sabio y piadoso, que lo había ignorado, el hombre perverso y despiadado trató de detenerlo, lanzándole, de manera brusca e incivil, una pregunta, que a su juicio era difícil de contestar, incluso por el más sabio de los seres humanos.
-  Oye tú, que tienes fama de saberlo todo en este mundo, si es verdad que todo lo sabes contéstame inmediatamente esta pregunta: ¿Existe Dios y si es verdad que éste existe, que hago yo para hablar personalmente con él?

El hombre piadoso y sabio, sin mirarlo y sin detener su marcha le contestó:
- Hombre necio y desadaptado, no tengo tiempo para perder contigo dándole respuesta a preguntas estúpidas.

El hombre perverso y despiadado montó en cólera y, sin pensarlo dos veces, alargó su brazo y tiró al asceta del kimono por la parte trasera.
-  ¡Ven acá, viejo!, le dijo en tono despectivo, parece que tú no te has dado cuenta de con quien estás tratando. ¡O tú me pides disculpas inmediatamente por la ofensa que me has hecho o yo te rebano el cuello con mi cuchillo!

El monje se dio la vuelta lentamente y mirándolo fijamente a los ojos le dijo, sin ningún asomo de temor:
-  ¡En realidad yo no tengo nada porque disculparme! Si me quieres matar mátame. Mi posición frente a la muerte hace rato yo ya la tengo resuelta. ¡Morimos el día que nacemos querido amigo! Contrario a mí; eso te lo aseguro, tú le tienes pavor a la muerte. Si tú me matas hoy yo descansaré. Tú, en contra partida, quedaras vagando en este mundo, enfrentado a los ataques de tu conciencia, que no cesará de recordarte que eres un demonio, cuyo lugar está en el infierno, porque mataste a un hombre indefenso.

Sorprendido por la retahíla que el otro venía de soltarle a quema ropa, el hombre perverso y despiadado adoptó una postura inédita en su vida. Con el semblante descompuesto comenzó a espetar en tono vacilante:
-  Hombre perdóname si te he ofendido. Yo en realidad no quería contrariarte. Sólo quería saber si Dios existe y si hay algún camino que me permita acercarme a él de manera directa.

-  Pues déjame decirte dos cosas, replicó el ermitaño: Cuando tú te empeñas en hacer el mal y en destruir la vida de los otros, tú eres un completo demonio que haces de tu vida un infierno. Al contrario, cuando pides disculpas por tus ofensas y te esmeras en respetar a tu prójimo, tú comienzas a transitar el camino que te lleva a Dios. Es más, si tu perfeccionas esa práctica, con el tiempo tu mismo te convertirás en Dios.

En mi cabeza chocaron, con la fuerza de dos placas tectónicas que se embisten, la moraleja de ese cuento y los argumentos del difunto Pontífice.  El saludo de dedicatoria de un porro, que sonaba a todo volumen en el equipo de sonido del vecino, vino a agravar las cosas. En la parte más alegre de la pieza musical un hombre, con el acento de los campesinos del Bajo Sinú, dijo: “Daniel Alfredo Naranjo, si es verdad que el diablo existe tiene que estar vestido de mujer”.

Sin darme cuenta una hoguera teológica había tomado vuelo en mi cabeza. El fuego se expandía rápidamente. Las llamas habían dado lugar a una conflagración de proporciones monumentales. El incendio devoraba mi espíritu, segundo tras segundo, sin dejarme ninguna salida. Para escaparme de la deflagración por una parte segura abrí mi biblia y comencé a leer el primer versículo que vieron mis ojos. No había leído cinco palabras del libro sagrado cuando caí en cuenta, para mi gran sorpresa, que en el texto que examinaba, Dios era hombre. Sin darme tiempo de elaborar otra conjetura, mi raciocinio me impuso una conclusión aparatosa. ¡Oh Dios!, no podía creerlo, pero acababa de descubrir una nueva ley  teológica, condensada en un gracioso silogismo. Dios y el Diablo existen. Si existen, tienen sexo. La Biblia dice que Dios es hombre, pero no establece con claridad el sexo de Satán. Si en la naturaleza existen dos sexos, no se conoce de seres asexuados y el Sexo de Dios es masculino, entonces el diablo es de sexo femenino y está representado en la mujer.

-  ¡Santo cielo!, exclamé angustiado, ya entiendo porque fue Eva la que indujo a Adán al pecado…

Arribar a esa conclusión me produjo una profunda consternación. De un minuto al otro sentí que comenzó a faltarme el aire y el cuerpo se me paralizaba. Una legión de suposiciones se había tomado por asalto mi cabeza y me estaba estrangulando sin que yo opusiera resistencia. En un acto desesperado, tratando de escapar de ese marasmo mental, grité a voz en cuello:  
 -  ¡Señor, Señor, qué caos!...

Tomándome la cara con las manos, flagelado por la aflicción, clamé:
-  Padre, ten piedad de mí y sácame de esta tormenta, que aún no tengo tema para mi predica de hoy.

Con el pretexto de deshacerme de esa ola de incoherencias, que había nublado por completo mi capacidad de razonar, decidí de salir a caminar un rato, para relajarme un poco y poder pensar en mi sermón de la tarde. Tomé mis gafas de sol, agarré mis llaves, me despedí de mi mujer y me eché a andar sin rumbo. No había caminado doscientos metros, cuando levanté la mirada para cruzar la calle y justo, allí, en la pared de enfrente, en negro sobre blanco, un graffiti me estrujó sobre la cara un anatema urticante:
-   El diablo no es tan malo como se afirma, lo que pasa es que los seguidores de Dios no cesan de hacerle mala prensa.

Escandalizado regresé a mi casa, entré en mi aposento, me eché boca arriba sobre mi cama y comencé a meditar. En ese momento me acordé de un testimonio, que el hijo del difunto pastor Maño Torres dio una vez en el centro de estudios teológicos. Sin dar tantas vueltas decidí que esa tarde, en vez de predicar, contaría, tal como él nos lo contó en la escuela de pastores, ese testimonio. La historia es la siguiente y la contaré en primera persona, porque así la contó quien la vivió.
 ***

Mi padre había llevado en su juventud una vida mundana y perdida, en la que abundaron, en cantidades superlativas, las mujeres de vida licenciosa, el licor, las drogas y el juego. Sumergido en el infierno del vicio y la desmesura, ese hombre pasó los mejores años de su vida. Allí, atrapado en el universo de la perdición, se encontraba aquel individuo el día en que una mujer le habló de Dios. Mi padre se sintió atraído por esa mujer, escuchó su mensaje y se convirtió a la palabra. Varios meses después, mi padre se casaría con la mujer que le presentó a Dios. Yo, amados hermanos, soy el primer fruto de esa unión.

Antes de que yo naciera, para evitarme los suplicios por los que él había pasado, mi padre decidió que yo sería predicador. Esa decisión lo llevó a tomar todas las precauciones del caso para que yo fuese entrenado, desde niño, en las artes de la oratoria religiosa, el conocimiento de los textos sagrados y en el manejo adecuado de la espiritualidad.

A pesar de que desde mi más temprana edad, hermanos, yo había sido educado para servir a la obra de Dios, para perfeccionar mis conocimientos en los temas sagrados, cuando cumplí 18 años, mi padre decidió de enviarme a cursar un seminario de profundización bíblica en una prestigiosa escuela religiosa, localizada en la pequeña ciudad de Cookeville, en el Estado de Tennessee. Interesado en que mi estadía allí fuera absolutamente productiva, mi padre se ocupó de que yo fuese alojado en la casa de uno de los pastores que dirigía el seminario bíblico. La suya era una familia absolutamente creyente, que llevaba una vida dentro de los cánones del puritanismo. No entraré a describir los mores propios de esa familia, porque no es el objetivo de este testimonio.

Como dicen aquí en nuestra tierra el Diablo siempre asecha hermanos y esta presto a inducirnos al pecado. El pastor y su mujer, que eran personas muy recatadas tenían tres hijas cuyas edades oscilaban entre los 18 y 23 años. Yo en la vida no había visto mujeres de una piel tan blanca, de unos cabellos tan claros y de unos ojos tan azules. Por su parte, ellas, así me lo ha confesado varias veces la menor de todas en esas largas conversaciones, que animan la vida cotidiana de toda pareja, tampoco habían visto –o mejor dicho tenido contacto directo- con un hombre de mis características. Como el diablo –desde el comienzo del mundo- ha hecho su trabajo a través de los deseos carnales, ellas –desde el primer momento- se sintieron tan atraídas por mí, como yo  me sentí por ellas. Yo, para evitar cualquier desliz, puse el tema en oración.

El dormitorio que me fue destinado quedaba en el ático, separado del resto de los dormitorios de los habitantes de la casa, que se encontraban todos en la segunda planta. Como estaba muy cansado, me fui a dormir inmediatamente después de la cena. No había cerrado bien los ojos cuando empecé a soñar que deambulaba en medio de una selva exuberante, poblada de árboles gigantescos, cargados de frutas apetitosas. La floresta estaba habitada por bandadas de pájaros exóticos y legiones de mujeres desnudas, que parecían seleccionadas en un reinado nacional de belleza de Venezuela. Cuando no se encontraban retozando la resolana sobre las piedras, en poses tan obscenas como esas que adoptan las modelos que se observan en los pecaminosos cuadros del pintor Harold Ortiz, se bañaban en las cascadas de los riachuelos, que surcaban ese decadente paraíso onírico.

Al verme, las divas comenzaron a caminar hacia mí, adoptando la actitud seductora de esas modelos que desfilan en las pasarelas de los desfiles de moda. Para ponerme a salvo del pecado tomé mi biblia, la abrí, leí un versículo y comencé a orar. Pero hermanos, la incitación a pecar era más fuerte que yo y mi carne flaqueó. Cuando iba a comenzar el ritual pecador, del cielo descendió un cono de luz de colores magníficos, que rodeó mi cuerpo, lo raptó y me llevó lejos de ese lugar de lujuria. En ese momento desperté. Para paliar la angustia, tomé mi biblia, la abrí, leí un versículo, oré durante un rato y me acosté de nuevo.

Me estaba volviendo a quedar dormido cuando una nueva pesadilla comenzó. Soñé que el propio Demonio entró por la ventana, me levantó de la cama a pulso, me tiró en uno de sus hombros, descendió las escaleras, atravesó la sala, abrió la puerta: yo gritaba pero nadie me oía, salió a la calle y me arrojó sobre el piso. En seguida tomó su trinche y se abalanzó contra mí. El arma del Maligno iba a atravesar mis carnes cuando yo dí tres rollos sobre el pavimento y, como impulsado por un resorte, me levanté. Sin pensarlo dos veces me eché a correr por un sendero escabroso, que se dirigía a la cima de una montaña. Estaba completamente desnudo y mi espíritu se encontraba minado por el sentimiento de la indefensión.

El paisaje era breñoso y estaba poblado por una vegetación plagada de espinos, zarzas, escaramujos y todo tipo de bejucos de tallos y hojas filosas y rasposas. A cada paso yo trastrabillaba y caía, me levantaba, volvía a caer y volvía y me levantaba. Detrás de mí, completamente desnudo, corría Belcebú con su tridente. La falta de aire comenzaba a asfixiarme. Las hojas de los bejucos, las espinas de los árboles y las rocas destrozaban mi piel en cada movimiento. Mi cuerpo lacerado y sangrante sudaba copiosamente y con el sudor aumentaba el ardor de mis heridas.

Cuando llegué a la cima de la montaña me encontré frente a frente con un abismo profundo. No podía intentar un desvió porque, a lado y lado, el camino estaba tapiado por sendas parelillas de rocas difíciles de escalar. No podía devolverme porque detrás de mí, con su trinche en la mano, estaba Satanás pisándome los talones. Como no tenía otra salida, me encomendé a Dios y me lancé al precipicio. Estaba a punto de tocar el fondo de la sima, cuando una parvada de ángeles vino en mi auxilio y me llevó a un lugar seguro. En ese momento me desperté azorado.

Para calmar mi angustia, tomé la biblia, leí un versículo y me puse a orar. Mientras oraba me fui quedando dormido. No había vuelto a conciliar bien el sueño cuando empecé a soñar que deambulaba por un sendero, que atravesaba un paraje de árboles y plantas desnudas, cuyas ramas eran mecidas de manera permanente por un viento helado. Caía una  llovizna pertinaz, que iba empapando sin prisa y sin pausa mí ropa. Una que otra confiera salpicaba de verdor la desolación tenebrosa, que gravitaba sobre ese paisaje desolado. Una bandada de gigantescos pájaros negros, que surcaba el cielo, pasó sobre mi cabeza, emitiendo sonidos horripilantes.

De un momento a otro comencé a subir una colina llena de cruces y losas fúnebres. Cuando gané la cima y comencé a descender vi a lo lejos una explanada. En el centro se encontraba una cabaña de aspecto confortable. Sin saber por qué, me dirigí hacia ella. Cuando llegué allí, como si éste fuese mi domicilio, gire el pomo de la puerta y entré con absoluta confianza. Dentro de la cabaña, al final de la sala, sentado en posición de lotus, se encontraba el Demonio blandiendo en las manos todos los libros sagrados. A su derecha las hijas del pastor, vestidas de sensual lencería, me aguardaban coquetas. A su izquierda, el pastor y su mujer celebraban mi llegada.

Resignado frente a los designios de mi destino me sumé al grupo, alineándome de lado de la pareja pastoral. Los dos, obsequiosos y festivos me invitaron a poseer sus hijas sin rodeos. El ritual de pecado iba a comenzar cuando escuché que alguien pronunciaba mi nombre. Abrí lentamente los ojos y, ¡oh sorpresa! Delante de mí estaba el pastor, su mujer y sus tres hijas, que habían subido a despertarme para que bajara a hacer la primera oración del día y a tomar el desayuno.

Avergonzado cerré los ojos. De nuevo comencé a deambular por un sendero, que atravesaba una selva de árboles exóticos, cargados de frutas apetitosas y poblada de aves fantásticas y mujeres desnudas. No les cuento más porque el resto ustedes ya lo saben.

***

Satisfecho de mi discurso cerré mi predica, diciéndole a mis feligreses que redoblaran su vigilancia, porque el diablo nos asecha hasta en los sueños. La seriedad de mi reflexión se echó a perder porque una mujer vestida de negro, que se encontraba en la mitad del templo, acotó con malicia:
-  Y los deseos de pecar pueden sorprendernos hasta en la casa del pastor.

Sin tener en cuenta que estábamos celebrando la solemnidad del culto, la congregación estalló en risas, sin detenerse ni un instante en la moraleja del testimonio que yo acaba de relatarles.



Enoïn Humanez Blanquicett, Montreal, Québec, verano de 2011.
Derechos reservados de autor ©, prohibida su difusión sin la debida autorización.

miércoles, 15 de febrero de 2012

El enamorado de Diana la Muerta




Mascara con plumas: Foto tomada en Smithsonian museum in African art collection, 28/12/2011


Y allá en la triste habitación sombría,
de un cirio fúnebre a la llama incierta,
sentó a su lado la osamenta fría
y celebró sus bodas con la muerta.


Carlos Borges


Fue bajo el ventarrón implacable de la última tormenta de nieve del invierno pasado, que me acordé de esa historia tremebunda que me contaba mi abuela, cuando era niño, con el fin de ayudarme a conciliar el sueño. Ella que nunca me dijo mentiras, afirmaba que los hechos habían sucedido hace más de ciento cincuenta años en uno de los pueblos de ese páramo inhóspito y friolento, donde su familia reinó en señorío, depuse que la Real Audiencia le encomendó al tatarabuelo de su abuelo la tarea de iluminar, con las luces de la fe católica, las almas impías de los indios salvajes que habitaban a cinco leguas a la redonda de su casa señorial. Mi padre; hombre de alma rustica, que nunca ha percibido los intríngulis literarios que yacen detrás de esa narración, siempre me ha dicho que esa historia la había inventado su madre, inspirándose en los versos sobrecogedores, compuestos por un vate costeño, en honor a su amada muerta. Rememorando sus argumentos, mi memoria evoca la voz tormentosa de Teodulo Gandul, declamando el primer verso de esa oda macabra, en las celebraciones del día del idioma en el colegio:



Una noche de misterio
estando el mundo dormido
buscando un amor perdido
pasé por el cementerio 



Mi tío José María, que es fanático de las metáforas de los boleros cantineros y borrachos; siempre pródigos en historias de amores enfermizos y tristes, argumentaba que no eran los poemas necrófilos de nuestro bardo melancólico los que habían estimulado la imaginación de la abuela. Según él, la vieja nunca fue amante de la poesía y sus conocimientos lingüísticos tampoco le alcanzaban para descifrar el mensaje lóbrego que se esconde detrás de las figuras churriguerescas de esos versos. Sostenía mi tío que los antecedentes de dicho relato había que buscarlos en los versos del bolero Bodas negras (youtube), del que mi abuelo se volvió devoto conspicuo, después que se lo escuchó cantar a Julio Jaramillo, en la primera rocola de la cantina del pueblo.



En una ocasión, durante la semana cultural del colegio se me ocurrió contar la historia delante de mis compañeros. La profesora Teofila Villadiego, que enseñaba gramática y literatura española, me dijo, al final de mi presentación, que esa historia le recordaba un pasaje del Altar de los Muertos, un cuento inigualable del neoyorquino Henry James. El profesor Cándido Favrau, que enseñaba francés en los grados superiores, la interrumpió diciéndole: “profesora nada que ver entre esa historia y la de James. El parecido de ese cuento es con el relato tenebroso de Guy de Maupassant, intitulado “La Muerta”. Mi primo Eduardo León, que ya tenía fama en la familia de ser una oveja perdida por sus gustos musicales, por la manera como llevaba siempre el pelo y por su estilo de vestir, después de escuchar la discusión de los profesores y recordar los argumentos de papá y el tío José María, decidió él también exponerme su descabellada hipótesis sobre el asunto. Para él “la abuela había imaginado su historia después de haber visto Thriller (youtube), ese video-clip espeluznante, que lanzó a la celebridad a Michael Jackson”.   



Hoy no me importa si mi abuela se inspiró del poema tétrico de Gabriel Escorcia Gravini, del bolero triste que escuchaba el abuelo, de los clásicos de la literatura del siglo diecinueve o de ese negro renegado, que protagonizó él solo la mitad de la historia de la música pop norteamericana del final del siglo veinte. En síntesis no me interesa si los hechos fueron reales o ficticios… Esta noche sólo me interesa complacerlos y por eso he decidido contarles ese cuento tal cual como me lo contaba mi abuela a la hora de dormir. Pues veo que están ustedes ansiosos de escuchar historias sombrías.



****



En el pueblo todo el mundo lo conocía como el hombre que había perdido la cabeza por causa de un amor imposible. Pero para entender la verdadera dimensión de la tragedia vivida por ese infeliz  enamorado es necesario remontarse al origen de los hechos que dieron comienzo a esa novela dolorosa. Su desgracia comenzó el primer día del año escolar. Ese día entre los desconocidos que llegaron al colegio estaban él y ella. Los dos, por haberse sentado en las filas del centro, que eran también las que marcaban la frontera entre los sexos, se encontraban en bancas contiguas. Él, que sólo tenía diez años, sintió en su pecho el impacto certero de la flecha de cupido. Aunque a esa edad los hombres tenemos una noción muy vaga de lo que significa la atracción por esa cara opuesta a nuestra existencia emocional: la feminidad, él sintió por primera vez el hormigueo incomodo que se siente en el estómago cuando se tiene al alcance de la mano la mujer que nos gusta.



Ustedes me dirán que hace ciento cincuenta años no era normal –ni siquiera en las naciones más liberales de occidente- que niños y niñas compartiera bancas en un mismo colegio. Yo les diré, que hay ocasiones en que la teoría no encaja en la realidad y que las reglas tienen que dar paso a las excepciones. En los pueblos parameros donde nací, hasta hace más o menos cincuenta años, la única institución educativa existente era la escuelita de Doña Rita. En la única aula de ese plantel, la promiscuidad escolar era moneda corriente desde la época colonial. En ella niños y niñas compartían sus quehaceres sin reparar en las normas legales y sociales que los obligaban a ir a la escuela por separado. Él asunto se torna más complejo de explicar si tenemos en cuenta que en las sociedades rurales de la época, pocas familias se preocupaban de ofrecerles a sus hijas los rudimentos de la educación formal. ¡Ustedes lo saben más que yo!… hasta no hace muchos años predominaba esa concepción que sostiene que una mujer no necesita de ir al colegio para aprender a ser una ama de casa eficiente y una esposa y madre abnegada. Para ello sólo basta que tenga una progenitora y una abuela ejemplares. ¿Se acuerdan los hombres de lo que nos decían las mamás cuando comenzamos a frecuentar a las muchachas?
-      ¡Antes de decidirse por una mujer fíjense primero en la madre, porque así como es la mamá son las hijas! 


Para terminar con estas digresiones sobre la historia del mundo escolar del páramo, les diré que hace no más pocos años que ha llegado hasta nuestra comarca periférica el sistema público de educación. Antes de ese momento las familias, que querían brindarle una educación de mayor calidad a sus hijos, –sobre todo a los hijos varones-, los mandaban a los colegios de los curas y monjas, que quedaban siempre en las ciudades más importantes del altiplano. De allí, los que eran iluminados por la santidad, salían convertidos en clérigos y prioras. Los otros: aquellos que a pesar del esfuerzo de sus mentores y dómines continuaban manteniendo un espíritu lego, eran preparados para ocuparse de los asuntos profanos de este mundo temporal. Como en ningún pueblo del páramo había escuela de monjas y curas, los escolares de todos los sexos, edades y cursos compartían aulas –las niñas en un costado y los niños en otro- en las escuelitas de todas las Rita que decidían abrir su propio plantel. Allí fueron muchos los que aprendieron los principios elementales de la gramática castellana y las cuatro operaciones matemáticas.



Como sucedía siempre en el primer día de colegio, en los tiempos en que no existían la escuela maternal ni las guarderías, la algarabía producida por el llanto de los niños que llegaban por primera vez había enrarecido el ambiente. Sus gemidos lastimeros traspasaban las paredes y se escuchaban en las casas vecinas. Los que regresaban al colegio después de las vacaciones de fin de año corrían excitados al encuentro de sus viejos camaradas. Sus cuchicheos, gritos y carcajadas ahogaban las órdenes de una maestra diligente, que apelaba a todas sus energías para tratar de organizarlos en filas indias separadas:
-      Atención, los niños a la derecha, las niñas a la izquierda… ¡Rápido, rápido, que vamos a rezar la oración para empezar las clases, se le escuchaba vocear a todo pulmón.



A los dos, sus compañeros los recordaron siempre, porque fueron los primeros que corrieron diligentes a ocupar sus puestos en las filas. Como estaban entre los recién llegados no tenían cómplices que les ayudaran a evadir la autoridad magisterial. Hay otras coincidencias que sus condiscípulos jamás olvidaron: los dos entraron a segundo de primaria y los dos transpiraban una timidez y un silencio contagiosos. Quizás la soledad que siente todo niño cuando llega a un colegio extraño y la timidez ostensible de ella, fueron la causa primaria de su amor a primera vista. Por su parte él también se sentía solo y era tímido. Y como bien lo sentencia un viejo apotegma popular: “los iguales se buscan para hacer causa común”.



Semanas antes, en el pueblo todo el mundo se había ocupado de comentar abundantemente la llegada de sus respectivas familias. La familia de ella, propietaria de una de las estancias paperas más grandes del páramo, había llegado para quedarse. El patrón de la casa, cansado de vivir entre los matojos, la niebla y el anonimato que depara la vida en los parajes apartados del páramo, había comprado una casa en el borde de la plaza. El hombre había decidido mudarse con la familia al pueblo para ofrecerle a sus hijas una educación acorde con los nuevos tiempos y para relacionarlas con la gente decente. La familia de él estaba encabezada por un comerciante de baratijas, que subía y bajaba la cuesta, sin descanso, al mando de una recua de mulas menesterosas, cargadas de corotos. Interesado en darle a los hijos una educación aceptable, el hombre arrendó una casa a la orilla del camino real y allí su mujer instaló un taller de modistería, en el que se cosían vestidos para damas y señoritas.



Lo que sobrevino después de ese primer día de clases es de conocimiento público en el pueblo. Él intentó de seducirla por todos los medios y ella, según la dirección en que se moviesen los prejuicios de su familia, rechazaba o aceptaba sus cortejos. Según la opinión de los observadores más avisados, esos amoríos no tenían futuro, porque el padre de ella no los veía con buenos ojos. Desde que se enteró de esos devaneos puso todo su empeño en impedirlos. Por eso cuando ella cumplió diecisiete años la mandó a temperar sus caprichos a la hacienda ganadera de uno de sus tíos, que quedaba en las riveras del gran rió Yuma, con el propósito de alejarla definitivamente de ese amor inconveniente. Pero ese no era el sólo propósito del viaje. Cuando ella había cumplido catorce años sus padres habían convenido con sus tíos de casarla con uno de sus primos. Así que su estancia en tierra caliente se debía más que todo a la necesidad de ir preparando el casorio. Pero Dios, que es el que controla el destino de los seres humanos, había decidido otra cosa. Una noche, acosada por los requerimientos de la vesícula urinaria, ella se levantó con la intención de buscar una bacinilla para “hacer aguas menores”. Una serpiente venenosa, que la aguardaba en silencio en una de sus pantuflas, la mordió en un pie. Su muerte se produjo en cuestión de horas.



Cuando él supo la mala nueva se echó a la pena. Dejó de comer, descuidó su apariencia y se fue aislando paulatinamente de los vivos, hasta perder todo tipo de contacto con el mundo. El pueblo, que ya veía en él antes de los acontecimientos un ser extraño, lo declaró loco a raíz  del comportamiento extravagante, que asumió luego de la muerte de la amada. Como si nada hubiese pasado él continuó en su rutina, escribiéndole poemas y componiéndole canciones de amor, que le cantaba acompañadas de su tiple. Pero eso no era raro para nadie, porque él siempre se las había escrito y cantado, desde el primer momento, sin preocuparse por el que dirán. Lo raro fue que sus poemas y canciones ya no eran declamados ni cantados en las esquinas de la plaza ni en los callejones del pueblo, sino en el cementerio, delante de la tumba de la muerta. Su voz le cantaba y declamaba con la misma pasión (algunos dicen que lo hacía quizás con mayor intensidad) con la que le había cantado y declamado cuando ella estaba en este mundo. El día del entierro, después de que todos partieron a casa, él siguió allí delante de la bóveda recién cerrada, viendo secar el cemento. Después de ese día, así lo aseguraba la mayoría de los pobladores, tomó el cementerio como domicilio. Al pueblo solo venía en búsqueda de lo necesario. Sin tardarse demasiado regresaba presuroso y con mayores bríos a proseguir en su empresa descabellada: conquistar el corazón de la difunta. El enterrador refería que delante de la tumba siempre había un bouquet de flores frescas y centenas de apasionadas cartas de amor.  



Después de varios meses de llevar ese duelo absurdo, su piel se había vuelto lívida y su aspecto lúgubre. Al verlo errar sin rumbo y sin propósitos, la gente se preguntaba si era un muerto que regresaba con dificultad al mundo de los vivos, o si era un vivo que se esforzaba por entrar antes de tiempo al mundo de los muertos. Aguijoneados por el lado agorero que alberga el espíritu humano, muchos de los habitantes del pueblo comenzaron a sentir temor frente a esa figura espectral y desvalida que se paseaba entre ellos. La fobia llevó a los creyentes acérrimos a proponer la expulsión de esa alma impía del pueblo. O su inmolación en caso de que se resistiera a abandonarlo. Los más exacerbados comenzaron a ver en la persona de ese desgraciado la encarnación de uno de los jinetes del Apocalipsis. Los habitantes de otros pueblos del páramo comenzaron a considerar al pueblo como un lugar maldito. Afirmaban que la tierra, el aire y el agua de ese paraje volvía loca a la gente. Según sus conjeturas, el último cacique chibcha, en el momento en que era abatido por los soldados de Jiménez de Quesada, había proferido maldiciones contra los invasores. De acuerdo a lo que referían los más memoriosos, el indio cuando estaba muriendo dijo:
-      Por cada doscientos años de prosperidad conocerán quinientos de sufrimiento y tragedia.


Temerosa de cargar a cuesta con la mala suerte de ese caserío desventurado, la gente dejó de transitar por el camino real que lo atravesaba. En los corrillos se comentaba que el sólo nombre del pueblo despertaba zozobra entre los pobladores de otros lugares. Se decía que, preocupados por esa realidad inesperada, el gobernador y el obispo estaban preparando un ejército de templarios para acordonar los caminos que conducían a ese pueblo. La medida pretendía impedir la generalización de la desgracia en toda la comarca.



Agobiada por esas preocupaciones se encontraba la gente cuando llegó la navidad. Con el propósito de expulsar al maligno de su parroquia, el cura del pueblo, con el apoyo de sus superiores, comenzó a preparar unos ritos especiales para la noche de Noche Buena. El meollo de las ceremonias se mantuvo en secreto con el fin de evitar su conocimiento por las fuerzas del mal. Ese día la oscuridad comenzó a caer más temprano que nunca. A prima noche, el espantajo –como era llamada, de manera peyorativa, después de un cierto tiempo, por la mayoría de sus prójimos esa pobre alma atribulada - entró al pueblo arrastrando con dificultad su existencia de zombi.



Minutos antes de que comenzara la celebración de los actos litúrgicos organizados para festejar el natalicio de nuestro señor Jesús, todo aquel que estaba en el pueblo ese día lo vio atravesar la plaza, doblar en la esquina a la derecha y tornar a la izquierda sobre el camino real en dirección del campo santo. Aunque su figura se parecía a la de un ser humano, ese hombre no se parecía ya a los hombres. Apabullados por el temor los feligreses corrieron a esconderse en el templo. En pocos minutos las calles quedaron solas y la vida parecía haberse escabullido despavorida del pueblo. Un viento helado bajaba de las cuchillas de los cerros cercanos. Sus picos se fueron cubriendo de una niebla espesa, que iba ocultando lentamente la faz de la luna. Acongojados por el terror los perros comenzaron a aullar. Entre los matorrales del páramo, los avechuchos de mal agüero emitían su canto sórdido al amparo de las tinieblas. Minuto a minuto la noche se tornaba más oscura. El frió, que al caer la tarde era ya insoportable, castigaba sin contemplación la humanidad de los cristianos que habían osado asistir a misa.  Él mismo, que estaba ya acostumbrado a la atmósfera abominable que reinaba en el cementerio en las noches glaciales del páramo, notó algo tenebroso cuando atravesó la puerta de la necrópolis. Pero a pesar de ello no desistió en su empeño de celebrar la navidad por primera vez en compañía de su amada.



Cuando él se aprestaba a dar comienzo a su celebración solitaria, un pelotón de muertos, encabezado por su dama, irrumpió de entre los arbustos de los alrededores del cementerio, prorrumpiendo contra él insultos en lenguas muertas. Asustado, intentó escaparse por el camino que conducía a la casa del enterrador. Pero otro piquete de esqueletos le cerró el paso. Sin perder tiempo les dio la espalda, atravesó el cementerio y emprendió la fuga en dirección del pueblo. Detrás, pisándole los talones, iba esa tropa siniestra, blandiendo los vestigios que quedaron de su tiple y los tizones de su fogata convertidos en garrotes. Al pasar frente a la iglesia no lo pensó dos veces y se entró a ella. Al verlo entrar, los feligreses sacaron coraje de donde no lo tenían. Capitaneados por los gritos de combate que les lanzaba desde el pulpito el cura, se le abalanzaron encima. Qué ironía: los vivos, de los que formaba parte, no lo querían ya en su reino y los muertos, a los que buscaba integrarse, acababan de expulsarlo del suyo. Como impulsado por un resorte dio una vuelta sobre si mismo y salió de la iglesia con la velocidad de una saeta. Los esqueletos, que iban llegando al atrio, cuando lo vieron salir se le iban a arrojar encima. Pero en ese instante percibieron la presencia de los vivos. Al verlos, voltearon grupa de manera atolondrada y emprendieron la huida en dirección del cementerio. Los vivos, al percibir la presencia de los muertos, frenaron en seco y voltearon grupa en dirección del altar.



Después de esa noche nadie volvió a saber nada de él en ese caserío montañero. Pero algunas teorías se tejieron sobre su destino. Las beatas decían que el cura decía que cuando los muertos se dieron cuenta de que sólo él los perseguía, se regresaron lo capturaron, lo volvieron trisas y  deportaron su espíritu al purgatorio. El sacristán, que fue el último en entrar al templo, afirmaba que en el despelote que se formó cuando vivos y muertos se vieron las caras, él aprovechó y dobló por el primer callejón que encontró. De acuerdo con su testimonio, eso de nada le sirvió, porque allí, a la vuelta de la esquina, lo estaba esperando el diablo en persona, que cargó con él, en cuerpo y alma, alejándose a toda prisa en dirección del infierno. Trino Macana, que no vino esa noche a misa y cuya casa quedaba frente a los barrancos del Cañón de las Animas, afirmaba que él mismo lo vio lanzarse al vació esa madrugada desde lo más alto del precipicio. Lo asombroso es que nadie encontró jamás su cadáver. Fabio Trigal, que vivía en un pueblo vecino, juraba –la  mano sobre la Biblia- que ese hombre, agobiado por el desespero, se cortó la garganta con un cuchillo a la orilla del camino real. Según su versión, el cuerpo de ese desdichado fue devorado por las aves de carroña, porque la diócesis amenazó con excomulgar a aquellos que lo recogieran y le dieran sepultura. Cleotilde Cavanço, que tenía fama de bruja, aventuraba unas conjeturas igual de inverosímiles, pero más simpáticas. Rechazado por los vivos y perseguido por los muertos el enamorado de Diana, recibió el don de la vida eterna y desde ese día va de carnaval en carnaval, escondido detrás del disfraz de la parca, mofándose –al tiempo y por igual- de aquellos que osaron expulsarlo de sus respectivos recintos.


Enoïn Humanez Blanquicett, Sherbrooke, Québec, otoño de 2005.
Derechos reservados de autor ©, prohibida su difusión sin la debida autorización.

jueves, 29 de diciembre de 2011

Conversaciones ajenas


La mujer que sostiene el disco: Foto tomada en Smithsonian museum in African art collection, 28/12/2011

Uno de los problemas frecuentes –y graves- que tenemos los seres humanos está representado por la mala costumbre de no vivir nuestra vida en presente. Cuando no estamos tratando de liberarnos de nuestro pasado, estamos tratando de ocuparnos del futuro: preparándolo, imaginándolo, planificándolo, visualizándolo. En fin, los cargos de conciencia que nos han sido heredados por los gafes cometidos en el pasado y la nostalgia por los buenos momentos que allí se han quedado, al igual que las preocupaciones por asegurar el buen curso del futuro, son asuntos que ocupan la mayor parte de nuestro tiempo y nos impiden de ocuparnos –a carta cabal- de nuestro presente. A todas éstas, ¿qué es en realidad el presente? En el fondo el presente es nada. Dura lo que dura un suspiro o el canto de un gallo, el placer de un orgasmo o el instante del golpe sobre una letra del teclado, la articulación de una palabra o el abrir y cerrar de los ojos.

Como lo sostenía mi profesor de filosofía en mi último año de secundaria –de eso creo que ya les hablé en el pasado-, el presente no existe. Según él, lo más importante de nuestra vida ya pasó o está por pasar. Aferrado a esa tesis, se pasó todo el año tratando de vendernos la idea de que teníamos que concentrarnos en preparar nuestro futuro sin olvidar nuestro pasado, porque “los que no hacen la tarea ahora que están plenos de energía y sin obligaciones –nos sermoneaba cuando no hacíamos nuestros deberes escolares-, no la van a hacer nunca y por eso no tendrán futuro, porque las obligaciones de hoy se les cruzaran con los deberes de mañana y los de mañana con los de pasado mañana y los de esta semana con los de la semana entrante y los de este mes con los del mes que viene y así podría alcanzarlos el final de la vida sin haber cumplido las metas, que les encomendó el destino cuando los mandó a este mundo. Bla, bla, bla….”

Bueno, que puedo decirles yo al respeto… Durante bastante tiempo estuve de acuerdo con mi profesor, hasta que leí, en medio de una depresión, ese clásico de la literatura de automotivación intitulado: “Tus zonas erróneas”. Una sola frase de ese libro, que –lo confieso- nunca quise leer en tiempos de lucidez, me llevó a crear conciencia sobre la importancia de vivir en el presente. Según el autor de dicho texto:

-          Lo que haces en tus momentos presentes es el único indicador de lo que eres como persona.

Después de ese momento me he esforzado por dejar mi pasado en el pasado y por esperar con serenidad el futuro sin preocuparme por lo que él pueda depararme. En ese cambio de mentalidad me ha ayudado mucho un aforismo de Tom Clancy que dice: ‘‘hay que mirar fijamente hacia adelante y concentrarse en lo que se puede hacer y no hacia atrás en lo que no se puede ya cambiar’’. La cosa no es fácil porque el pasado “es un cubo lleno de cenizas”, una carga incomoda, “un duende maleante/ que no duerme y quiere que le canten”, que nos pone trabas, que nos impide crecer, que nos nubla el panorama cuando tratamos de cambiar de horizonte, que nos enturbia el espíritu y se opone a que hagamos nuestra vida. Dejar atrás el pasado, como bien lo dijo Wayne W. Dye, implica siempre correr ciertos riesgos, quebrarle el lomo a los hábitos y salir de la zona de confort. Dejar atrás el pasado significa, en la mayoría de los casos, aventurarse en esa zona desconocida que es la aceptación de lo que somos, sin culpabilizarnos y sin culpabilizar a los demás por lo que pudimos haber sido y no fuimos, por lo que ya dejamos de ser o por lo que nunca seremos. Menudo galimatías, ¿no creen?


¿Se preguntaran ustedes por qué me he detenido en este tema tan abstracto, matando el tiempo con este circunloquio, que parece no tener ningún propósito formativo? Sucede que cuando esta universidad no me llama, para que oficie como profesor de remplazo en materias tan disímiles como retórica, ética profesional o relaciones humanas, yo me gano la vida haciendo reparaciones domésticas de todo tipo a domicilio. Recuerdo que hace ya varios años, un ama de casa me llamó para que ajustara los rieles de sus cortinas, las cerraduras de sus puertas y el sistema de seguridad de sus ventanas. Mientras yo hacía mi trabajo la matrona y su amiga de confianza se sentaron en la terraza, en sus respectivas mecedoras a tomar el aire de la tarde y abanicar su aburrimiento. Para darle fresco a la lengua comenzaron a hablar de todo y de nada. La conversación se desarrollaba dentro de la típica plática de comadres, que escrutan rigurosamente la vida ajena. En esas andaban las dos señoras cuando, de un momento a otro, el diálogo tomó una connotación trascendental.

En honor a la discreción, yo no debería compartir con ustedes los pormenores de esa conversación. Pero como el objetivo principal de este curso es el de ejercitar su capacidad de hablar en público, mediante la puesta en escena de situaciones que los lleven a vivenciar la experiencia de hablar delante de un auditorio sin haber preparado de antemano un discurso, yo voy a contarles a ustedes los pormenores de esa charla de comadres, para que se den cuenta que hablar en público de improviso no es nada del otro mundo. Luego dos o tres de ustedes tomaran mi lugar sobre la escena y contaran, a su turno, una historia del mismo género, siguiendo el protocolo consignado en el documento que les estoy entregando en este mismo momento. Aquellos que no tengan la oportunidad de pasar al frente hoy, les queda la tarea de escribir y entregar en la próxima clase mi relato y el de sus compañeros.

******

La casa de mi cliente quedaba en uno de los pocos barrios de clase alta de esta ciudad, en una de las calles más discretas. Al lugar yo llegué a eso de las 10 de la mañana. La patrona, no sé si por curiosidad o por desconfianza, se sentó en la sala a verme trabajar. El día era soleado en grado sumo y como la semana anterior había llovido de manera diluvial, el aire estaba cargado de humedad. Con el sol carburando a toda máquina la carga de vapor de la atmósfera, la tarde se anunciaba bastante calurosa. En el interior de la sala las revoluciones del abanico de techo no alcanzaban a generar el viento suficiente para refrescar el interior de la casa. Como las cortinas estaban descolgadas y las ventanas se encontraban abiertas por causa de las reparaciones que yo realizaba, la matrona consideró inoficioso la puesta en marcha de su aparato de aire acondicionado.

Al medio día, justo en el momento en que las domesticas servían el almuerzo, llegó la amiga de mi cliente. Vamos a llamarla, por razones prácticas, Alicia. Las dos tenían más o menos la misma edad y era evidente que provenían del mismo medio social. Por la manera en que se saludaron y por los temas que comenzaron a tratar no me queda duda de que las dos eran intimas amigas y se conocían desde antes de la creación del mundo. Como me interesaba terminar cuanto antes mi trabajo, yo no presté inicialmente mucha atención a su conversación. En todo caso, era evidente que Alicia y mi cliente se sentían un poco incomodas con mi presencia en la sala. Pero esto no les impidió ponerse al día acerca de los rumores que circulaban sobre la vida ajena.... “que la hija de zutanita se fue a vivir con el novio; que el Dr. tal se va a separar de su esposa; que fulanita de tal se encontró en el aeropuerto de la capital con su enamorado del colegio y parece que, como lo dice la canción de Alfredo Gutiérrez, “un amor viejo no se olvida, un amor viejo es la verdad, un amor viejo es en la vida toda la felicidad”, por eso van a ponerle fin a sus apagados matrimonios, para calentar con los rescoldos de sus pasiones juveniles los fríos años de la vejez…. Bla, bla, bla”.

En esas estaban cuando la dueña de casa exclamó:

-          ¡Hay Alicia, este calor está insoportable! ¿Por qué no pasamos al jardín para tomar un poco de fresco y así dejamos a este hombre trabajar tranquilo?

Acto seguido, la matrona llamó al muchacho responsable de la jardinería y los oficios varios para que les llevara dos sillas a la terraza. Por mi parte yo hice como si no las hubiese oído. Sin darme por aludido de lo que pasaba seguí concentrado en mi trabajo. Una avispa angolita, que rondaba sobre mi cabeza, se posó sobre mi cuello y comenzó a libar mi sudor. Una que otra mosca, aprovechando que las ventanas estaban abiertas y las cortinas descolgadas, se entró a la sala, atraída por los olores de los alimentos que habían quedado flotando en el comedor después del almuerzo. El perro de la casa, maniatado por la pereza y agobiado por el calor, se echó a dormir al lado de la puerta. El loro, aprovechando la ausencia de su dueña, salió de su jaula y comenzó a hacer maromas sobre los muebles, coreando un monólogo pueril. Las domesticas circulaban discretamente de un lado para otro haciendo su trabajo y mirándome de reojos.

A la sombra del caucho frondoso que estaba en una de las esquinas de la espaciosa terraza, sintiéndose ya en mayor privacidad, las dos contertulias se acomodaron en sus mecedoras y prosiguieron garlando –sin mucho pudor- sobre la vida ajena. Por mi parte yo pude seguir los pormenores de su conversa, porque Dios me ha dotado de un oído fino y en lo que a ellas concierne, las dos gozaban de una voz portentosa. Gracias a la convergencia de esas dos circunstancias pude conocer la dimensión de las cuitas que animaron su charla esa tarde.

Los temas parecían agotarse y la conversación se había estancado en un punto muerto, cuando la dueña de casa puso sobre la mesa un asunto de profundo contenido existencial.

-          Alicia - le dijo en tono grave a su contertulia- en los últimos tiempos hay ciertos asuntos del pasado que no me dejan dormir tranquila.

Con cierto desparpajo y tratando de restarle trascendencia al asunto ésta le respondió:

-          Hay niña deja ya de flagelarte con el látigo de tus recuerdos y duerme tranquila… ¡Ni que hayas matado a un hombre!
-          ¡Peor que eso Alicia, peor que eso!, replicó la matrona de la casa en tono compungido.
-          No me digas qué es así de grave, ¿qué puede ser más grave en este mundo que matar a otra persona?, replicó Alicia.
-          Mira mija, el pasado cuando uno envejece se va volviendo más pesado día tras día y hay momentos en los que asuntos, que uno consideró como asuntos de poca monta, remontan a la superficie y te amargan la vida, acotó la matrona con un dejo reflexivo.
-          En realidad no entiendo a dónde quieres llegar, porque en la medida en que avanzas, en vez de aclarar las cosas, las vuelves más confusas y si seguimos por esa vía “no vamos a llegar a ningún Pereira”, ni vamos a apaciguar tus congojas, agregó Alicia con algo de desespero.

La dueña de casa calló por un instante. Un silencio metálico invadió el universo. El perro, que dormía apacible, se despertó de mal genio. Sin moverse de su puesto le lanzó un cajetazo feroz a una mosca hematófaga, que le había picado la crisma. El loro dejó de recitar su monólogo pueril y continuó con sus maromas saltando de mueble en mueble. Una de las moscas que revoloteaban en la sala salió al jardín por una ventana, mientras que un toñ’ó entraba por la puerta. La avispa, que libaba el sudor de mi cuello, levantó vuelo, revoloteó alrededor de mi cabeza y vino a posarse sobre mi nariz. En la lejanía el ruido del motor asmático de un carro viejo alteró la calma del mundo. El estrépito de las carcajadas obscena de una de las domesticas me confirmó que aún había vida en la cocina. Una moto pasó delante de la casa. En el instante en que la distancia disipó el ruido del motor, la conversación se reanudó con una nueva reflexión de la matrona.

-    Hay momentos en los que la conciencia, como si fuera una emisora mal sintonizada, se le da por emitir un ruido insoportable, que nos va contaminando la vida segundo tras segundo. La permanencia del barullo nos va sumiendo en un lodazal emocional que va consumiendo nuestras energías poquito a poco y desinflando nuestra vitalidad hasta dejarnos en los puros rines. Lo peor es que todo eso nos sucede sin que nos demos cuenta… Es decir, todo pasa a nuestras espaldas y cuando nos percatamos de las circunstancias, la atrición nos ha cogido ventaja.
-          ¡Ah!, déjate ya de tomarte por filosofa y ve al grano, que me estas desesperando, replicó Alicia con cierta crudeza.
-          Lo que te voy a contar es un asunto que no se lo he contado jamás a nadie y por eso te pido absoluta reserva. No vaya a ser que esto se vuelva de dominio público y el día menos pensado me vaya yo a encontrar con alguien contándole mi historia a sus compañeras de juego de cartas en el club campestre.
-          ¡Qué!, ¿estás acaso sugiriendo que soy una chismosa?, replicó Alicia con un tono indignado.
-          No, no es eso, agregó la dueña de casa. Lo que pasa es que tengo que asegurarme que vas a guardar mi secreto en absoluta confidencialidad.
-          Tú sabes, le respondió Alicia en guisa de ratificarle su discreción, que yo no comento mis cosas con nadie diferente a ti.
-          Más te vale Alicia, más te vale, porque si no olvídate de nuestra amistad, advirtió la patrona en tono grave. 

Reconfortada por la promesa de confidencialidad que le había hecho su amiga, mi cliente inició su relato.

-       Resulta Alicia que cuando yo era joven, deseosa de vivir nuevas experiencias, decidí irme de vacaciones a un lugar completamente paradisiaco, donde fuese desconocida para todo el mundo, donde el anonimato y la atmósfera social me permitieran hacer todo aquello que el qué dirán y las apariencias que uno debe guardar en esta ciudad, no me habían permitido de hacer hasta entonces. Mi matrimonio se acercaba y yo sólo había tenido un solo novio y no quería casarme sin darme la oportunidad de conocer a otro hombre en el plano íntimo. Así que reuní todos mis ahorros y me fui a la agencia de viajes de Florencio Barrios y le pedí que me consiguiera tiquetes y me reservara hoteles en algunas de las islas más turísticas del Caribe en aquel momento. Como la plata no me alcanzó le dije que le pasara el resto de la cuenta a papá. Florencio movió cielo y tierra y tres días más tarde me había conseguido pasajes y reservas de hoteles para veinte días a lo largo y ancho de las Antillas. Así que ese mismo fin de semana pude irme de viaje. Cuando llegué a mi destino, liberada del escrutinio del mundo y ansiosa por lanzarme en los brazos de la aventura, salí a explorar la piscina, la playa y la vida nocturna. Una noche, en la barra del bar de la discoteca del hotel, yo vi un tipo con una pinta de galán cinematográfico, que me movió el piso de una. Al darse cuenta que yo lo miraba insistentemente ese hombre, con perfil de Apolo y Cuerpo de Adonis, se acercó y me ofreció de beber. Comenzamos a hablar. Sin darnos cuenta fuimos entrando en acción y de ese modo mis tres semanas de vacaciones ardieron en el fuego de la lujuria y el desenfreno, abrasando todos mis principios morales, mi pudor, mis valores religiosos, mis, mis, mis….
-     ¿Y cuál es el problema ahora?, prorrumpió Alicia sin rodeos.
-    ¡Hay mija, tú si eres bien descomedida!, reconvino la matrona en tono medio iracundo. Date cuenta que a mi edad lo único que uno espera es la muerte. Imagínate tú que yo me muera está noche y mañana, cuando llegue al cielo, me llame Dios ante su presencia para pedirme cuentas… ¿Qué voy a responder yo cuando el Señor me diga: “dime mujer, has tú pecado?”... ¿Qué voy a decirle Alicia, que voy a decirle al Señor?
-   ¡No/no/no!... Déjate ya de boberías mija y a lo hecho pecho. Al pasado hay que dejarlo allí donde pasó y seguir para adelante sin cargos de conciencia. Por eso es que hay que pensar dos veces antes de pasar a los hechos. Eso nos evita que tengamos que arrepentirnos de lo que ya nadie puede corregir. Contrario a ti, yo nunca me preocupo por lo que me pueda pasar después que muera. Si yo me muero ahora mismo y al llegar al cielo Dios me hace la misma pregunta que tú esperas que te haga a ti: “¿Dime mujer, has tú pecado?” Yo le responderé, con aire inocente: “¡Señor, eso sólo tú lo sabes! Si él decide que he pecado y me envía al infierno a purgar mi pena y allí el Diablo me pregunta cuál es mi última voluntad… yo le diré: “Satán, toma mi cuerpo, mételo al horno y calcínalo sin piedad. Luego toma mis cenizas y espárcelas sobre un suelo de greda apetecida para la fabricación de porcelana. ¿Quién quita que mis restos caigan en las manos de un Dios deseoso de reinventar el mundo, que decida crear con el barro de mi cuerpo un nuevo hombre y que de la costilla de éste salga una nueva generación de mujeres, que esté dispuesta a ir por el mundo a gozarse la vida  sin remordimientos?”
-   ¡Hay Alicia!, exclamó la matrona escandalizada, tú ya no tienes remedio y contigo no hay caso… ¿Cuándo es que vas a tomar las cosas en serio y a dejar de ver el mundo desde ese ángulo trivial?

*******

La conversación se terminó y las dos mujeres, ansiosas de pasar a otra cosa, decidieron trasladarse al patio a tomar café y a ver en el periódico las fotos de los últimos eventos sociales de la semana. Cuando atravesaban la sala, la matrona se sorprendió de que yo estuviese aún allí. Con el rictus un poco avergonzado me preguntó.
-    ¿Todavía no ha terminado usted de hacer su trabajo?
Sin perturbación le informé que apenas iba por la mitad de las reparaciones y que para el día siguiente quedaría una buena cantidad de cosas por hacer. Viendo sus gestos me di cuenta que en el fondo su preocupación no tenía nada que ver con mi trabajo. Iba a entrar a la cocina cuando se devolvió y yendo directo al grano me dijo:
-    ¡Espero que no vaya a comentar con nadie lo que acaba de oír!
Para tranquilizarla le dije:
- ¡No se preocupe señora! Como puede ver, me concentro en hacer mi trabajo, sin prestarle atención a las conversaciones ajenas.





Enoïn Humanez Blanquicett, Montreal, Québec, otoño de 2011.
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